Escribe; Walter Pimienta.- Cuando Dios, plenamente divino y humano, encarnado en Jesús andaba por la tierra, tan pronto amanecía, las gentes de los pueblos abrían de par en par las puertas y las ventanas de sus casas para que por estas entrara su bendición.
Todo era posible en tal tiempo y, en la dimensión de la realidad y el alimento a mis ficciones fomentadas por mi mis abuelos, siendo yo apenas un niño que todo lo creía , así como creía que en verdad Dios, igual que Pedro anduvo por su casa, sobrada razón tendría el Creador como Creador para andar a sus anchas por este mundo, de modo que, apoyado en el decir de ellos (de mis abuelos), y en sus convicciones, me resultaba completamente normal y acostumbrado que, aferrados en su sabiduría o en sus empecinamientos, a pie juntillas, me metieran en la cabeza hechos incomprensibles e inabarcables porque La Providencia así lo dispuso y entonces aceptaba, como del todo natural, que las inmensas rocas y piedras del mundo en la Semana Santa caminaran o se movieran y cambiaran de sitio avanzando un milímetro por cada siglo…
Cuando Dios andaba por la tierra, decían mis abuelos, todos en el
pueblo creían en Él y nadie le cerraba la puerta de su casa…Y en
atención a lo que estos me decían, entonces Dios entraba a la
casa de Demetrio, daba los buenos días, se sentaba en un taburete
y se tomaba un café en la esperanza del día en que le haría a
este el milagro de darle la vista por su fe…Demetrio era
ciego.