Escribe; Walter Pimienta.- Cuando Dios, plenamente divino y humano, encarnado en Jesús andaba por la tierra, tan pronto amanecía, las gentes de los pueblos abrían de par en par las puertas y las ventanas de sus casas para que por estas entrara su bendición. Todo era posible en tal tiempo y, en la dimensión de la realidad y el alimento a mis ficciones fomentadas por mi mis abuelos, siendo yo apenas un niño que todo lo creía , así como creía que en verdad Dios, igual que Pedro anduvo por su casa, sobrada razón tendría el Creador como Creador para andar a sus anchas por este mundo, de modo que, apoyado en el decir de ellos (de mis abuelos), y en sus convicciones, me resultaba completamente normal y acostumbrado que, aferrados en su sabiduría o en sus empecinamientos, a pie juntillas, me metieran en la cabeza hechos incomprensibles e inabarcables porque La Providencia así lo dispuso y entonces aceptaba, como del todo natural, que las inmensas rocas y piedras del mundo en la Semana Santa caminaran o se movieran y cambiaran de sitio avanzando un milímetro por cada siglo… Cuando Dios andaba por la tierra, decían mis abuelos, todos en el
pueblo creían en Él y nadie le cerraba la puerta de su casa…Y en
atención a lo que estos me decían, entonces Dios entraba a la
casa de Demetrio, daba los buenos días, se sentaba en un taburete
y se tomaba un café en la esperanza del día en que le haría a
este el milagro de darle la vista por su fe…Demetrio era
ciego. |
...Y entraba después a la casa de Conchita, la saludaba y le curaba su eterna jaqueca y la peste a sus gallinas…Y entraba a la casa de Rebeca y le maduraba los mangos y las guayabas y las guanábanas del patio para que las vendiera.
...Y entraba a la de Josefa y la ayuda a moler la masa de maíz para las arepas…Y en la de Gastón, a la señora Lina, la ayuda a ensartar la aguja de su máquina de coser…Y en la de mi abuela Cristina, le hallaba los tres aceites, el aceite “Tres en Uno”, como los llamaba ella y, con este quitarle, con tres goticas, el chirrido a las oxidadas bisagras de las puertas de su casa… Y así, ubicuo en su condición, estaba en todo lugar…En la carnicería donde Mauricio Molinares, el matarife, pesaba sin falla la libra de carne; en la escuela de primaria petrolizada por los niños listos para recibir su clases; en la casa de los enfermos pelándole los dientes a todo mal y en los fogones de las cocinas ardiendo la leña de los almuerzos…Y en la bendición del agua de la pila bautismal cristianizando niños…Y también estaba en el silencio de las calles a la hora del rezo; en el sudor del campesino tirando machete en el monte a su labranza de maíz tierno y patillas rojas. ..Y no se iba del pueblo sin antes ir a la alcoba matrimonial de los esposos felices…Así como igualmente, por la escalera de madera de la iglesia, peldaño por peldaño, subir a la torre y tocar las campanas para misa sin anatema…Y se volvía “el santo remedio” en el prodigio contenido de los medicamentos que nos vendía la “la Niña Merce” en su botica salvadora de vidas en tiempos en que hasta la saliva en ayuna curaba…Y dejaba Dios, fijos en su lugar, a los cuatro puntos cardinales y así no hubiera más perdidos ni extraviados por el mundo…Por lo que el norte, quedaba en el norte; el sur, en el sur; el este, en el este y oeste, en el oeste por los siglos de los siglos amén…Y así la gente, por fin, sabía dónde estaba parada…
Cuando Dios andaba por la tierra, los hombres y mujeres, al salir y llegar a sus casas, se persignaban y el odio entre humanos no cabía siquiera en la punta de un alfiler…Y al gemido y pujido de la mujer pariendo, todos corrían a ayudarla a que pariera por la vida…
Todo pueblo que se respete tiene una bruja bien bruja que de noche vuela en su escoba y cuando Dios andaba por la tierra, también iba a la casa de esta para sacarle el diablo y partirle la escoba…
Cuando Dios andaba por la tierra, el alcalde del pueblo no abusada de su autoridad y aplicaba a todos la ley y las gentes devolvían lo prestado y lo robado y cuando estas mismas gentes morían, morían, morían en santa paz y confesados…
Cuando Dios andaba por la tierra, los policías del pueblo se morían de aburrimiento a la sombra de los almendros del parque sin ladrones para coger y meter presos…Y nadie ignoraba indiferente la voz infantil que a grito herido, en la puerta de la casa, decía: ¡Compran bollooo!
Cuando Dios andaba por la tierra, los viejos del pueblo se paseaban por sus calles en la respuesta de muchos adioses y en la consabida pregunta del cómo está, llevando en sus bastones de guayacán los años de cada experiencia y uno les espantaba los perros que les ladraban…Y nadie les negaba un vaso de agua…
¿Cuándo volverá Dios a andar por la tierra? Yo le prestaría un caballo por si viene cansado y un abrigo de lana por si siente frío…Y un sombrero por si el sol de la canícula golpea en su cabeza…
…Pero a veces creo que Dios, cubierto de olvido en medio del bullicio de este mundo, sí pasa por la tierra y que la gente, a diferencia, como sí lo hacía la gente de antes, no le abren la puerta porque con el viento se les mete el polvo de la calle y, molestas, les toca barrer la sala…
¿Hay golpes repetidos en tu cerrada puerta? Abre, abre, córrele el cerrojo. Espanta el perro, de pronto sea Dios que quiere agua…o un humeante café en tu compañía… Dale, dale hospedaje, dale techo…Y que el vil judío no le mate de nuevo, refúgiale… De hechos así, de estos hechos incomprensibles e inabarcables en mi infancia, me hablaban mis abuelos y entonces aceptaba como del todo natural que la Semana Santa, las inmensas rocas y piedras del mundo se movieran y cambiaran de sitio avanzando un milímetro por siglo cuando Dios andaba por la tierra…
Walter Pimienta |