Escribe; Walter Pimienta J.- Aquel domingo de octubre, y tenía que ser es en octubre porque en octubre ocurren cosas raras como estas, Joaquín Daniel Domimgues Salazar, temprano, al levantarse como de costumbre, antes que Ana María, su esposa, y que su pequeña hija, Ursula Amaranta, este nombre lo sacó de las personajes de “Cien años de soledad, pues era un consumado lector de las obras de García Márquez, en chancletas y pijama, caminando en la semi penumbra, por instinto encendió la bombilla de la sala, se miró al espejo y, asombrado, se dio cuenta que, sin dolor de ninguna clase ni en ninguna parte, la mitad de su cara se le había envejecida de pronto y así también el ojo de ese costado, lo tenía achicharrado y enmarcado en unas pestañas largas y la piel con arrugas, Media cabeza llena de canas y le había salido un medio naciente bigote y una media barba de pelos blancos y duros.
Joaquin Daniel, a noche que había pasado ya, se acostó a dormir de 27 años, tres meses y quince días de edad y ahora, al despertar, del lado izquierdo de su rostro amanecía como teniendo 98 y como si el reloj de su vida, desaforado de horas, minutos, segundos y décimas de segundo, de súbito, lo pusiera a vivir 71 años más , así, de golpe.
Pero el acontecimiento no paró aquí.