Hay una imagen que todavía forma parte de demasiadas familias y que resulta difícil de comprender en pleno siglo XXI, el hombre se jubila y siente que, por fin, ha llegado el momento de disfrutar de la vida, la mujer se jubila y descubre que, para ella, la vida sigue prácticamente igual. Él piensa en viajar, salir, hacer deporte, reunirse con amigos, recuperar aficiones o simplemente descansar. Ella mira alrededor y ve una casa que sigue necesitando atención, una comida que preparar, una lavadora que poner, unas compras que hacer y una familia que continúa dependiendo, en demasiadas ocasiones, de ella. Entonces hay que hacerse una pregunta muy sencilla, ¿qué ha cambiado realmente en su vida? Después de décadas trabajando, cotizando y cumpliendo con sus obligaciones laborales, ¿por qué su jubilación no representa también el comienzo de una etapa de libertad? Porque existe una desigualdad que no aparece siempre en las estadísticas y que, sin embargo, pesa muchísimo sobre la vida cotidiana, la desigual distribución del tiempo. El tiempo del hombre jubilado parece pertenecerle, el de la mujer jubilada continúa perteneciendo a los demás. Y no hablamos solamente de las tareas domésticas. Hay mujeres que, después de jubilarse, siguen cuidando de sus hijos, de sus nietos o de familiares mayores que necesitan atención. Especialmente dolorosa es la situación de quienes tienen a su cargo personas dependientes. Allí donde debería existir una responsabilidad compartida, todavía demasiadas veces aparece una mujer que se hace cargo de todo. |