Escribe; Walter Pimienta J.- A mí me dicen "El Loco", pero los verdaderos locos son otros. O quizás no. Quizás el único cuerdo en esta ciudad de calor endemoniado y brisa marina soy yo, o tal vez el mar de Santa Marta nos terminaba por secar el seso a todos, tarde o temprano. Nací bajo el apellido Arango, una estirpe de muchachos con buen pie para el balón, de esos que hacían gritar a la tribuna en el Eduardo Santos y gambeteaban la vida en una cancha con la camiseta del Unión Magdalena. Pero a mí el destino me dio otra clase de gambeta. Mi cancha fue la calle polvorienta, y mis rivales, o más bien mis compañeros de juego, fueron los náufragos de la razón.
Viví mis mejores años en el Rincón Guapo, allá en la carrera quinta con calle cuarta. Un sector de gente brava pero noble, donde el sol golpea el pavimento desde las seis de la mañana como un mazo al rojo vivo y la música de los picós se mezcla con el olor a pescado frito y salitre. Después, cuando los años me pidieron un poco más de sosiego, mudé mis bártulos al barrio Nacho Vives, buscando un aire más reposado entre los cerros. Sin embargo, la fama ya me precedía a donde quiera que fuera. En Santa Marta todo el mundo me conocía. Si un alma en pena empezaba a gritarle insultos al morro en la bahía, o a desnudarse frente a la Catedral en pleno mediodía bajo los años sesenta, la gente no llamaba a la policía. Decían, con una mezcla de lástima, burla y urgencia: "Llamen al Loco Arango".