
Ceuta, la frontera de Europa no puede convertirse en la frontera de la indiferencia. Hay momentos en los que la política debería guardar silencio para dejar paso a la humanidad. Ceuta vive uno de ellos.
Mientras los titulares suceden y los partidos cruzan reproches, miles de personas, entre ellas un elevado número de menores, permanecen atrapados en una situación de incertidumbre que constituye uno de los mayores dramas humanitarios que ha conocido España en los últimos años. Detrás de cada cifra hay un niño, una madre, un padre o un joven que un día tomó la decisión más difícil de su vida, abandonar su hogar porque quedarse significaba renunciar al futuro.
Reducir esta tragedia a un simple problema de fronteras es un grave error. También lo es contemplarla exclusivamente desde el prisma de la seguridad. Una democracia madura debe proteger sus fronteras, sí, pero sin olvidar jamás que está tratando con seres humanos y no con mercancías.