Escribe Walter Pimienta J.- Yo conocía la casa de mi abuela por muchas cosas, pero especialmente por sus olores y aromas; por sus sabores, por sus sonidos y ruidos—fantasmas invisibles que solo habitan en el recuerdo—de los que escribiré otro día.
Su cuarto de dormir, por ejemplo, tenía un cortante olor medicinal que lo envolvía todo: aroma de químicos y plantas curativas, verdes sabias compuestas para el milagro de quitar dolores y fiebres. La ruda, el romero, la yerbasanta, la yerbabuena, la albahaca, el toronjil, el orégano, la manzanilla, la curarina y los efluvios de su botella de ron compuesto; allí habitaba el alivio a todo mal. Y en los transparentes frascos bocones, un pastillero de todos los colores que en pequeñas dosis y comprimidos, pasados con medio vaso de agua fresca de la tinaja, curaban el mal de la impaciencia y sanaban los dolores del mapa del cuerpo. En la experiencia y la historia de saber cuál calmaba un espantoso dolor de muela o cuál un dolor de cabeza, habitaba la magia de uno volverse nuevamente bueno; no se sabe si por la acción del medicamento o por su sonrisa del «ya se te pasó».