Escribe; Walter Pimienta J.- Cada vez que en el pueblo la gente veía pasar a Alejandro Ahumada, mezclado entre sus propias vacas mientras las llevaba a pastar a su finca, hablaba de su historia en voz baja; sin embargo, nadie se atrevía a decirle nada. Lo mismo acontecía cuando entraba al billar con ganas de jugar una partida: ninguno de los allí presentes era capaz de espetarle, de forma peyorativa o metafórica, lo que por su conocida situación tanto querían decirle. A la multitud que esa tarde colmaba el billar le incomodaba su presencia, la cual consideraban aberrante. Pese a ello, manteniéndose reservados y aceptando a regañadientes su fortuita aparición, todos se guardaban el secreto de aquel cuento —no tan cuento— que lo distinguía, sobreviniendo siempre entre los asistentes quien lo retara a un ocioso juego de 323 carambolas .Partidas de las cuales, en más de una ocasión, entre retado y retador, surgía una digna amistad y un vínculo en el que el confrontado jamás le mencionaría lo que otros callaban, de modo que, a partir de ahí, ni el uno ni el otro se perdían el respeto y la confianza. Por otra parte, a Ahumada le gustaba hacer amistades permitiéndose un temperamento suave, familiar y adorable.
Quince años después de aquello que le ocurrió —o que terminó por domesticarlo—, Alejandro, el desdichado, ya estaba acostumbrado a esa otra naturaleza descubierta cuando quiso despejar una duda, o tal vez una falsa impresión. Desde entonces, vivía debatiéndose entre lo bueno y lo malo, entre la verdad y la mentira.