Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, pocas veces habíamos dedicado tan poco tiempo a hablar de verdad.Basta con observar cualquier cafetería, parque o sala de espera, allí donde antes las personas intercambiaban palabras, opiniones o simples comentarios cotidianos, hoy abundan las miradas dirigidas hacia una pantalla. Decenas de personas comparten un mismo espacio físico, pero cada una permanece encerrada en su propio universo digital. Es una imagen tan habitual que apenas llama la atención, aunque quizá debería preocuparnos más de lo que creemos.
La tecnología ha transformado nuestra forma de vivir a una velocidad vertiginosa. Los teléfonos móviles, las redes sociales, las plataformas digitales y, más recientemente la inteligencia artificial, forman parte de nuestra rutina diaria. Sería injusto negar los beneficios que han aportado, gracias a ellas podemos acceder a información en cuestión de segundos, mantener contacto con familiares y amigos lejanos y realizar tareas que hace apenas unos años parecían impensables.