
Hubo un tiempo en el que dar las gracias formaba parte de la educación más elemental. No era una cuestión de protocolo ni de formalismos vacíos, sino una forma de reconocer el esfuerzo, la ayuda o la generosidad de quienes, de una manera u otra, contribuían a hacer nuestra vida un poco más fácil. Hoy, sin embargo, da la impresión de que la gratitud se está convirtiendo en un valor cada vez más escaso.
Vivimos en una sociedad en la que se reclama constantemente el reconocimiento propio, pero en la que pocas veces se reconoce el mérito ajeno. Se exigen derechos, atención y comprensión, pero se olvida con frecuencia agradecer el tiempo, los sacrificios y las renuncias que otras personas realizaron por nosotros. Como si todo nos fuera debido, como si el esfuerzo de los demás careciera de importancia o fuera una simple obligación.
Esta falta de gratitud se manifiesta de muchas formas. A veces aparece en el ámbito familiar, donde determinados esfuerzos son dados por sentados y dejan de valorarse. Otras veces surge entre amigos, cuando una ayuda prestada en momentos difíciles es rápidamente olvidada una vez superada la adversidad. También se hace presente en la sociedad en general, donde resulta más fácil señalar errores que reconocer aciertos.