
Hace un tiempo, no tan lejano, en el que la verdad tenía peso, reposo y cierta solemnidad. No era perfecta, ni mucho menos, pero se buscaba, se contrastaba, se discutía, se defendía incluso. Hoy, en cambio, la verdad parece haberse vuelto ligera, fugaz, casi prescindible. Dura lo que tarda en deslizarse un dedo sobre una pantalla, apenas treinta segundos.
Vivimos en la era de la información inmediata, pero también en la de la confusión constante. Nunca habíamos tenido tanto acceso a datos y, sin embargo, nunca habíamos estado tan expuestos a la mentira. Informaciones falsas, bulos que se propagan a la velocidad de la luz, titulares diseñados para provocar más que para informar, y una alarmante falta de rigor que erosiona la confianza en todo aquello que antes considerábamos sólido.
El problema no es solo que existan mentiras, eso ha ocurrido siempre, sino que hoy conviven en igualdad de condiciones con la verdad. Ambas circulan por los mismos canales, se presentan con la misma apariencia y apelan a las mismas emociones. La diferencia ya no es evidente, y eso es, quizá, lo más preocupante.