Escribe; Walter Pimienta J.- Y digamos que hace muchos años, en un pueblo de cuyo nombre si me acuerdo pero no lo quiero decir, se rompió una olla, sí, una olla, uno de los inventos que en otro pueblo, recién conocido el concepto de que la tierra era redonda, alguien, para beneficio de la humanidad, poniendo en ello todo su ingenio, hizo.
Y digamos también que esta olla debió ser de barro sino no se hubiera roto...Se usaron estas, las de barro, por mucho tiempo, y la vaina fue que, hubiese sido cuando hubiese sido, la tal olla se rompió porque son las de barro, en muchos casos, las que más se rompen y por eso, y no por otro motivo, por ser de barro, esta se rompió... Creo que mejor explicado no puede estar...
Bueno, de lo poco que se sabe es que la olla en referencia se rompió un sábado; lo que explica que las ollas se rompen cualquier día, ya de aluminio u hechas en cualquier otro metal, pues no tienen la capacidad las mismas, ni el poder, ni la facultad, ni la potencia, ni la ventaja, ni la virtualidad, ni la honradez, ni la integridad, ni la ética de no romperse, mucho menos si son de barro como esta que tenía que ser barro sino no se hubiese roto. ¿No creen?
Digamos que debió ser la olla que se rompiera, una olla agrande, de aquellas que antes hacían y vendían los alfareros de Malambo y tenían fama de duraderas y de agregar a los sancochos un añejado buen sabor por tradición y raigambre si se les asistía con un buen encendido fogón de leña, ya montada ésta en tres bindes o en una hornilla de palos y adobes, como las de otrora, que eran el corazón encendido de las casas en los pueblos.