Escribe; Walter Pimienta J.- Allí, frente a la que entonces sería la silenciosa, arenosa y hermosa playa de “Las Ventanas, un día de mayo de 1963, mi tío Goyo, llevaría a cabo el acto más “heroico” de su vida. No estaba él esa vez en ninguna gesta independentista, se encontraba por ahí , a la media mañana, buscando unos terneros extraviados que se le habían escapado del chiquero contenido en el corral de ordeño que hubo en los tiempos de gloria y prosperidad en la finca de mi abuelo Hernán, “La Playa”.
Mi tío Goyo, esa vez, cazó una tortuga. Algo como para no ignorar. Seria de las últimas que ya empezaban a escarcear, algunas de las cuales, según Jorge Rocha, vecino pescador de la misma zona, si no salían a desovar en mayo, entonces lo hacían en noviembre, ocasiones que él aprovechaba para, de manera furtiva, dando expectante salidas al sitio, mayormente de noche, darles beneficiosa caza furtiva.
Lo más lejano que quizás tendría esa vez mi tío en su mente, quizás en el umbral de sus cuarenta, sería esta vivencia: cazar una tortuga gracias al desvarío de unos terneros extraviados y desmadrados.
Contaba “Goyito”, como le decíamos, que calladito, vio la tortuga haciendo un hueco en la arena seca con las aletas y que en este, acomodada, empezó a poner sus huevos (desovar) y que era grande, muy grande...Que se le cercó sin que ella lo observara, que se quitó la camisa y enseguida, como una ave rapaz, resuelto y lleno de valor, se le tiró encima y que aquello fue como una lucha de toros; en ese cao de un “toro viejo” con una agreste e indómita “caparozonada” bestia que en su desespero estuvo a punto de ganarle la pelea y, suspendiendo su desove, casi retorna al mar. Pero que por suerte, Goyito, antes de que esta entrara al agua, haciendo un esfuerzo magnánimo se le lanzó de nuevo y logró voltearla, acción que para esta clase de animales puede ser causa de una horrible muerte y en la ausencia de sus aleteos, las hace “obedientes” al enemigo reductor.