Escribe; Walter Pimienta J.- Cuando Silvestre, el sacristán, después de la misa de la mañana puso el octavo candado a la puerta de la iglesia, cada uno de los cuales tenía una llave diferente, tuvo la impresión, algo embolatado, de que aquel domingo tenía cara de lunes.
Lo de dejar los ocho candados, con ocho llaves distintas, puestos por Silvestre en la puerta de la iglesia, obedecía a su estricto sentido de seguridad y vigilancia en la consideración de que no volviera a darse otra vez lo del robo del hacha a la imagen de San Judas Tadeo, ocurrida la tarde de un sábado, cuando una mujer solterona, en la creencia de que al santo, si lo despojaban de esta, a lo quince días le hacía a la ladrona el milagro de darle novio para casarse y solo así se la devolviera. Y esto, precisamente esto era lo que le preocupaba al fil sacristán porque no quería caer en la lengua de la gente que a lo mejor pensaba fue cómplice de aquel acto pecaminoso, impío y profanador, no teniendo él velas en el entierro.
Silvestre tenía alma de niño y ese domingo, iría a vespertina. Daban, en el Teatro Montecristo, una de Joselito, el pelaito español que cantaba como un ruiseñor.
Después, iría a la esquina de la cantina de “la Niña Sara, a comerse un helado de crema de vainilla de los que allí vendía el señor Ramírez en conos de galleta griega.