
Hay silencios que no nacen de la paz, sino del abandono, no de la calma, sino de la falta de interés . Son esos silencios que se instalan entre las personas cuando nadie hace la pregunta que debería hacerse, cuando nadie se detiene a mirar de verdad al otro y preguntarle, sin prisa y sin juicio, “¿Qué te pasa?”.
Hay conversaciones que nunca llegaron a existir, no porque no hicieran falta, sino porque nadie quiso asumir el pequeño esfuerzo de iniciarlas. Porque era más fácil seguir adelante, centrarse en la propia vida, en las propias preocupaciones, en el propio mundo, que detenerse a comprender el de los demás.
Y así, sin palabras, se construyen las distancias más injustas, se sacan conclusiones sin conocer la historia, se interpretan silencios como desinterés, ausencias como frialdad, decisiones como desprecio. Pero nadie pregunta, nadie contrasta, nadie se toma el tiempo de escuchar lo que hay detrás. Es más cómodo suponer que entender.