
Actualmente se entiende la fibromialgia como una anomalía de la percepción y regulación del dolor, es decir, que procesa el dolor de forma mucho más amplificada que otra persona que no la padece. El cerebro y la médula espinal envían y amplifican las señales, de modo que estímulos normales o leves se perciben como dolor intenso, “volumen del dolor”, que está demasiado alto y como consecuencia duele todo, pero no se ven lesiones en las pruebas, aunque el dolor es real.
La fibromialgia está considerada como enfermedad rara, no es única, sino un síndrome, es decir, un conjunto de síntomas que pueden combinarse de muchas maneras distintas, ya que influyen muchos factores.
La fibromialgia no se cura con fuerza de voluntad, negarlo sería injusto y cruel. Es una enfermedad real, compleja, que altera la percepción del dolor, desgasta el cuerpo y en algunas personas confunde la mente.
No desaparece por pensar en positivo ni por desearlo con intensidad. Pero decir esto no significa negar otra verdad igual de importante, la forma en que una persona vive, se cuida y se sostiene a sí misma puede cambiar profundamente la manera de convivir con la enfermedad.