
Hay personas que ya no recuerdan la última vez que se levantaron sin miedo. No miedo a una catástrofe concreta, sino ese otro, más sordo y persistente, que se instala en el pecho cuando la nómina no alcanza, cuando el alquiler sube, cuando la luz vuelve a encenderse, cuando la enfermedad aparece y el margen económico es inexistente.
Vivimos en estado de vigilia permanente. Como si la vida se hubiera convertido en una sucesión de sobresaltos, crisis económicas encadenadas, guerras lejanas que encarecen lo cotidiano, mercados inestables, discursos crispados, noticias que anuncian colapsos y futuros inciertos. Todo ello desciende, gota a gota, hasta los pisos modestos, las cocinas pequeñas, los desayunos apresurados antes de ir a trabajar.