Escribe; Walter Pimienta J.- Que esto ocurrió, ocurrió: fue en octubre de 1965. Al principio nadie se preocupó por el canto extraño del gallo de las Espinosas. En Calamar siempre cantaban los gallos a la hora exacta; entre estos, el de ellas, que mandaba a los pelaos para la escuela sin necesidad de reloj. Aunque había algunos que, un tanto “desvirolados” lo hacían a deshoras. Sin embargo, el canto profundamente triste y afligido del gallo de esta penosa historia, no era un canto: era un lastimero y acongojado grito.
La peste había llegado con las abundantes lluvias de octubre. No fue moquillo, no fue viruela; fue algo que nadie había visto antes. Las gallinas se ponían blancas del pico, se les hinchaban los ojos como si hubieran llorado toda la noche y amanecían tiesas debajo de los palos de calabazo en los patios. En tres días, las veredas de Sato, Machado, Pilón, Monroy y San Joaquín se quedaron sin una sola pluma. Y, en una semana, los gallineros de Calamar, Arroyohondo, Hato Viejo, Barranca Nueva, Barranca Vieja y El Yucal quedaron pelaitos.
Anastasio Ballestas, a la sazón alcalde de Calamar, y un grupo de veterinarios de la región, tras adelantar una investigación exhaustiva —cuando las investigaciones eran verdaderamente exhaustivas y no como las de ahora—, dijeron que esa vaina que les estaba dando a las gallinas del Canal del Dique, era Newcastle. «¿Qué es eso?», preguntaba la gente, «¡expliquen». A lo que Luis Matute, tegua en aves de corral y pájaros enjaulados, simplificando las cosas, le dijo al mundo: “Eso es moridera de pico blanco y no hay cucharada de verbena y paico que las salve”.
El viejo Otomán Molina, de la vereda Las Flores, no creyó aquello por la absoluta falta de sentido común al decirlo. Se quedó mirando al monte, abrió la Biblia ya gastada en los bordes y leyó despacio: Génesis 6:5-7:24, Génesis 19:24-25 y Deuteronomio 28:15-68.
Y de golpe, besando el libro, lo cerró, se persignó y dijo: