
En este momento, mientras alguien lee estas líneas, hay un niño que no duerme por el estruendo de una bomba, una madre que reza en silencio por un hijo que no vuelve, un anciano que mira la televisión sin entender en qué instante el mundo perdió la vergüenza de odiar. Todo ocurre ahora, no es pasado ni metáfora, es presente.
Por eso hoy no escribo desde la razón fría ni desde el análisis político. Hoy escribo como se escribían antes las cosas importantes, desde el corazón. Y lo hago en forma de carta, dirigida no a los Reyes Magos de nuestra infancia, sino a los reyes magos del mundo actual, esos que no viajan en camellos ni traen oro, incienso y mirra, sino decisiones, palabras y silencios que pesan toneladas.
Queridos Reyes Magos del poder, de la influencia, de los despachos blindados y las fronteras cerradas, este año no pedimos regalos, pedimos humanidad.
Pedimos que, por primera vez, se piense menos en vencer y más en convivir. Menos en imponerse y más en comprender, menos en señalar al distinto y más en reconocerlo como igual. Pedimos que se escuche el llanto antes que el ruido de las armas, que se atienda al miedo antes que al orgullo.