
Este texto se basa en una historia real, no de una teoría, ni de un análisis académico, ni de una estadística. Nace del vacío que deja un padre cuando decide desaparecer de la vida de su hijo. Y puede doler escribirlo, pero más duele callarlo.
Un divorcio puede romper una pareja, una convivencia, un proyecto compartido. Puede generar resentimiento, cansancio, incluso odio. Pero hay algo que nunca, bajo ningún concepto, debería romperse, el vínculo entre un padre y su hijo. Separarse de una mujer no es separarse de un hijo. Sin embargo, algunos padres eligen hacerlo, eligen irse del todo.
No hablamos de padres que fallan puntualmente, ni de errores humanos, ni de torpezas emocionales. Hablamos de padres que desaparecen, que no llaman, que no visitan, que no preguntan, que no están. Padres que, tras un divorcio, borran a su hijo de su vida como si fuera un resto incómodo de una historia que quiere olvidar.
No es una consecuencia inevitable del divorcio, eso es una elección.