
En estos momentos, vivimos tiempos en los que la palabra humanidad parece haberse vuelto frágil, casi incómoda. Se pronuncia, pero no se practica. Se invoca, pero no se defiende. Y mientras tanto, ante nuestros ojos, se normaliza lo que jamás debería ser aceptable, el abuso del poder, la deshumanización del otro, la barbarie ejercida desde los despachos.
No estamos hablando de ideologías ni de siglas, estamos hablando de personas. De seres humanos que trabajan, que crían a sus hijos, que sostienen economías enteras con esfuerzo diario y que, de pronto, pasan a ser tratados como mercancía prescindible o como amenaza. Personas arrestadas en plena calle, separadas de sus familias, empujadas por la fuerza, silenciadas por el miedo. Y lo más grave, ante la mirada pasiva de quienes deberían impedirlo.
No somos animales, no somos objetos, no somos números. Somos seres racionales, dotados de dignidad y ninguna bandera, ningún delirio de grandeza puede situarse por encima de ese principio básico. Cuando el poder olvida esto, deja de ser autoridad y se convierte en imposición. Y la imposición, tarde o temprano, siempre desemboca en violencia.