
No estamos viviendo una etapa convulsa más. Estamos atravesando un punto de inflexión histórico en el que el orden internacional construido tras décadas de guerras, pactos y equilibrios precarios, comienza a resquebrajarse de forma alarmante. Y lo más preocupante no es solo el ruido, la tensión o las amenazas explícitas, sino la normalización del abuso como forma de gobierno y de relación entre países.
Durante años se nos dijo que el mundo avanzaba hacia una globalización basada en normas compartidas, diálogo y cooperación. Ese relato hoy hace aguas. Lo que emerge con fuerza es un modelo donde el poder económico, político y militar se utiliza sin pudor para imponer intereses particulares, muchas veces ligados al beneficio personal de quienes gobiernan y de sus círculos más cercanos.
Algunas figuras, y no hace falta dar nombres, no son una anomalía aislada, sino la expresión más visible de una corriente más amplia. Su proyecto no consiste en gobernar fortaleciendo instituciones, sino en subordinarlas. El Estado deja de ser un marco común para convertirse en una herramienta al servicio del líder y de los suyos. La ley molesta, los jueces estorban, la prensa incomoda y la diplomacia se percibe como una pérdida de tiempo.