
En el imaginario colectivo, la violencia es algo que sucede “fuera”, en las calles, en las noticias, en las guerras, en los crímenes. Nos han enseñado a identificarla en lo visible, en el golpe, en el grito, en la amenaza. Pero hay otras formas de violencia que no se oyen ni se ven, y que por eso mismo son más difíciles de reconocer y mucho más dañinas. La violencia invisible, la que se ejerce en silencio, desde el egoísmo, el desprecio, la injusticia o la indiferencia, es tan real como la física, y más frecuente de lo que se admite. Y a menudo, lo más devastador es que sucede dentro del núcleo que debería protegernos, la familia.
La violencia silenciosa se esconde tras gestos cotidianos como, la indiferencia, el juicio precipitado, la falta de empatía, el chantaje emocional, la exclusión disfrazada de “decisión familiar”. No hace falta levantar la voz ni utilizar las manos, basta con mirar hacia otro lado cuando alguien necesita apoyo, con no escuchar, con creerse una mentira sin contrastarla, con dejar que una persona sea excluida, juzgada o despreciada sin haber sido siquiera escuchada, pero tampoco se molestan ni en preguntar absolutamente nada.
Este tipo de violencia no deja hematomas, pero deja huellas en el alma.
Daña la autoestima, quiebra la confianza, rompe vínculos que deberían
ser incondicionales.
Y lo peor, muchas veces se justifica. Se
presenta como “es lo mejor para todos”, como “una elección necesaria”,
como “asuntos que no se pueden hablar ni comentar”.