Escribe; Walter Pimienta J.- La muerte quería esa vez agarrar a Hermes Segundo en cualquier parte. Y ese día, por poco, en su propia cama…
Hermes estaba en su parcela guerreando y echándole “Aldrín” a unos gusanos que le comían su cultivo de maíz. El desafío era grande: o se apuraba ante el enemigo o no comerían maíz ni él ni Rebeca, su mujer, ni sus tres hijos.
La muerte no discute con nadie, y por allí andaba esa tarde, por la parcela de Hermes, y ésta, en algunos casos, por lo inesperada que resulta, más que una causa, es una consecuencia…
Y les adelanto algo, de lo que en esa ocasión, de manera inusitada, estuvo a punto de morir Hermes, que de haber sido acéptese como un fortuito y absurdo accidente, afortunadamente Hermes no murió, pero desafortunadamente si han muerto muchos Edmundos o Isidoros o Rafaeles y otros Hermes …qué pesar…
…Pero, ¿concretamente de qué o por qué han muerto en eventos similares muchos Edmundos, muchos Isidoros y Rafaeles y, gracias a Dios, Hermes Segundo no?
Ya lo sabrán, como sabrán igualmente a cerca de la forma “milagrosa” en que, en tal ocasión, de lo que le ocurriera asombrosamente con una araña, entre lo fabuloso y lo sensacional, Hermes Segundo libró la vida si no es porque Jesús María, el curioso del pueblo, de urgencia buscado para curarlo, llegando a tiempo y oportuno, sabio y sapiente en lo que sabía, lo detuvo en la comisión de un erótico, inminente y aumentado acto de lujuria a Rebeca pedido sin límites.