
Hay dolores que se ven y dolores que no. En una sociedad cada vez más informada sobre los diferentes tipos de violencia, todavía existe una herida silenciosa que muchos prefieren no mirar, la violencia psicológica. No golpea la piel, no deja hematomas ni fracturas, pero rompe algo mucho más profundo. Y quienes la han sufrido lo saben bien, es un dolor que te quita la voz, que te obliga a sobrevivir en un mundo que ya no reconoces como tuyo.
Cuando hablamos de violencia, solemos imaginar el golpe físico, el grito o el empujón. Pero la violencia psicológica opera de otra manera, es lenta, insistente, casi invisible. Se alimenta de pequeñas humillaciones, comentarios hirientes, silencios calculados, desprecios cotidianos o manipulaciones que se repiten hasta desgastar cualquier resquicio de autoestima. No aparece de repente, se desliza como una sombra que cada día avanza un poco más. Y cuando la víctima quiere darse cuenta, ya no sabe dónde quedó la persona que era antes.
Ese es quizás su aspecto más cruel, la anulación progresiva. La víctima aguanta, intenta comprender, busca justificar lo injustificable. Se convence de que quizá exagera, de que las cosas no son para tanto. Pero la herida va creciendo, aunque desde fuera nadie la vea. Todo se vuelve confuso, como si una niebla interior lo invadiera todo. La mente ya no es un refugio, sino un campo de batalla donde la persona lucha consigo misma para intentar seguir adelante.