Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Crispín no tuvo la necesidad de levantarse de su cama ni la de abrir la ventana de su cuarto para darse cuenta que, acabado hacia pocas horas el carnaval, con la presencia del miércoles de ceniza, afuera ya olía a Semana Santa. Lo descubrió en la penetrante y desmayante aroma del incienso que alguien quemaba en el vecindario…De haber abierto la puerta de su casa, cosa que tampoco hizo, la visión de algún vecino que con cara de arrepentimiento viniera de la iglesia con el dibujo de una cruz de ceniza pintada en la frente, fijo se lo hubiese confirmado… Igual que si, por vainas suyas, si se hubiera en cambio dirigido al cuartico que en su vivienda, Marciala, su esposa; y doña Quijota, su suegra, tienen destinado para los domésticos oficios religiosos, viendo alumbrado con una esperma ceremoniosa el cuadrito de la mano poderosa asistido por el infaltable rosario blanco que su cónyuge le pone siempre encima, a efecto de que se le den los milagros, ya no lo dudaría más: flotaba en el ambiente, previo cuarenta días, el perfume del recogimiento propio de la venidera Semana Mayor…y en señal de respeto, ante la llamativa lámina, hasta se le habría ocurrido persignarse y, escarbando en sus problemas existenciales, en efecto, se iba a sentir culpable de las cosas malas que, hasta esa madrugada, había hecho en las pecaminosas fiestas del dios Momo porque, en ese instante de remordimiento, su cuerpo y su alma le pedirían se disciplinara teniendo con el poder de la oración la milagrosa creación en él de otro caballero de fabricación casi santa, imaginándose que cada viernes de cuaresma ayunaría con la puntualidad proverbial de sólo pasar agua esos días…