Todos los demás dormían, menos el de la linterna y ellos…Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- A Pablo le cayó el haz de luz en toda la cara y el molestoso encandilamiento le hizo mover el rostro a uno y otro lado. Era potente.
Pablo estaba con “Z” debajo del primer piso del campanario de la iglesia del pueblo, sitio inapelable de las amorosas citas clandestinas porque allí la noche se hacía más oscura.
Pablo, herido por la claridad que le volvía invidente, se cubría el rostro y “Z”, agachada en un rincón, apoyada contra una columna de la espadaña, no se deja ver. Ya el camión lechero de Lázaro, que era el último en llegar de la ciudad, había entrado y aquella luz no provenía de la batería de un vehículo automotor sino de una linterna de mano que alguien, a no menos de doscientos metros, en línea recta, oculto en las sombras, porque en el pueblo para entonces no había alumbrado eléctrico, en dirección a ellos manipulaba. Serenaba y era octubre.