Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Jesús, que no es mi hermano, que así se llama, y a quien en este caso no me estoy refiriendo sino a otro de los tantos Jesús que hay en el pueblo y que puede ser ese que usted se esté imaginando, vio pasar a Vidal por la puerta de su casa esa fría mañana de octubre con su maletín negro de dentista entre manos y, en el acto el dolor de muela con que había despertado se le subió más. El sacamuelas, prestaba servicios a domicilio y por encargo.
Jesús, que no es mi hermano, que así se llama, y a quien en este caso no me estoy a refiriendo sino a otro de los tantos Jesús que hay en el pueblo y que puede ser ese que usted se está imaginando, había probado ya con desespero, horas antes, enjuagarse la boca con un trago de Ron Blanco, así también aplicó en la careada muela ceniza caliente de la hornilla y dos gotas de gas kerosene y el dolor no disminuyó. Su mejilla derecha, hinchada y rojiza, evidenciaba la existencia de un hombre infeliz padeciendo un suplicio sin fronteras y poco benevolente. Su rostro, demacrado, pálido, macilento y falto de sueño, decía a quienes le veían que su heroísmo guapísimo no encontraba límite para la incómoda y desagradable molestia ni efectiva venganza médico-casera alguna. En dos palabras, estaba jodido…