A veces el león sí es tan fiero como lo pintan…
Escribe; “el Mono de Atala”.- Lo de los pulsadores no es nada nuevo en el mundo. Es viejísimo. En la Roma antigua ya existían. Campesinos radicados en sus zonas montañosas eran los más destacados en estadas lides y llevados al Coliseo Romano para hacer al pueblo demostraciones de ello. Así también, entre los vascos, en la región de Euskal Herria, muchos de ellos gozaron de reconocimiento en competencias de dominio con reconocimiento extendido desde las Galias (Francia) hasta los puertos del mar Cantábrico.
Al parecer, el pulseador vasco de mayor renombre fue un tal Arburu, un campesino que únicamente se ocupaba de sus tierras y animales. Era un hombre colosal. El hombre más alto entre ellos le llegaba a los codos. Tan fuerte como grande. Él solo podía hacer el trabajo de cuatro bueyes tirando del arado. No tenía familia, y nadie sabía de dónde venía, por lo que sus vecinos estaban convencidos de que era un gentil o un gigante pagano llegado de las montañas; pero como era discreto y colaboraba en las tareas del pueblo, todos lo querían y respetaban.