*Aprende a decir no a la publicidad, te valdrá más que saber latín. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- En la contra caratula de los paquitos que Josefa en su tienda “EL TRIUNFO” por quince centavos me alquilaba, en calzoneta blanca, venía retratado Carles Atlas. Ofrecía cursos por correspondencia para que uno fuera como él.
Con el paquito a mi alcance, tenía siempre la sensación de estar frente al fortachón de la llamativa ilustración saludándonos con un fuerte apretón de manos, acción de la cual salía más dolida la mía según de fuerza poseía la fornido personaje que hasta músculos de acero en las orejas tenía.
Cuando vi a Charles Atlas por primera vez, tendría yo unos diez años de edad y pensé enseguida que de buscar ese tipo peleas callejeras por ahí, para ponerlo preso se necesitarían por lo menos ocho policías que le amarrasen como a un toro, y que los atrevidos gendarmes no fuesen unos alfañiques iguales a mí sino unos cipotes zamarros de hombres como decía mi tía Carlota.