Escribe Walter Pimienta Jiménez.- De niño, muchas veces vi en el pueblo a “la Niña Ramona” inyectando “bellamente” (lo de bellamente es un decir) a mi padre, aficionado empedernido a la punzante jeringuilla y a las inyecciones de “Complejo B” de Laboratorios LAVET y creyente fervoroso, además, de que todos los males del cuerpo, conocidos y por conocer, sólo se curaban con las “poéticas ampolletas que (permítanme decirlo así), recetadas por los doctores Arango, Torrenegra, Cadena o Bayuelo, efectivas y poderosas, según él y conforme éstos, curaban a los que estaban enfermos de estar enfermos…
Allí, en la alcoba de matrimonio de mis progenitores, a mi vista y ante mi cara de terror, en una mesa para ello dispuesta, “la Niña Ramona”, sacando de un pequeño maletín el diabólico instrumento de metal y vidrio seriado en centímetros y milímetros; extrayendo de un estuche menor las agujas sin religión y que empalmaba a las roscas de la jeringa- pienso yo ahora- según la dureza del cuero del paciente, adiestrada de manos, tomaba el frasquito del medicamento que traía además una cuchillita para serrucharlo por su cuellito de botella y con agua destilada, perforando el caucho que servía de tapa al fármaco que, por lo general, venía en polvo, previa la agitación continua de la solución y, después, retirando de la pequeña valija un mechero que encendía con una oportuna mechera de piedra y que daba enseguida una deslumbrante llama azul, cambiando la inicial aguja por una más grande, desinfectaba al fuego la nueva y desproporcionada puya que tendría por destino a una pelada nalga sobada primero con un algodón empapado en alcohol y, habiendo echo antes al émbolo una leve presión que producía el escape de dos burbujas del compuesto… ahora sí… agárrate que ahí te van dolores… dolores suavizados con la cortesía de su voz de esperanza diciéndole: “Respira profundo y relájate que nada te va a doler”, creía yo, seguido de ningún quejido emitido por parte de mi procreador de quien , algo contrario a las fobias, al parecer, como que “disfrutaba” con la rara excentricidad de la belonefilia ( atracción a pincharse y a las agujas).