Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.- Mis zapatos y mis pies o, mejor, mis pies y mis zapatos, son algo vivo: caminan, escalan; abren caminos al camino, recuerdan sendas; escriben historias. Tienen el deber de tropezar con piedras y liberarse de ellas con la caída…pero, con todo, estoy seguro, me llevan de regreso a mi casa aunque sea por otra senda.
Mis zapatos y mis pies o, mejor, mis pies y mis zapatos, me murmuran en silencio y me piden su paseo diario porque caminar es ejercicio de pies y de zapatos, de zapatos y pies… y porque al mundo lo aperturó un hombre caminante, un nómada feliz hasta la última gota de su existencia perdido y sin culpa.
Meto mis pies en mis zapatos o en ocasiones son mis zapatos los que se meten en mis pies y murmurando adioses, salen a la calle, requieren salir llenos de vida plena… Pero a veces, a veces hay zapatos y pies, pies y zapatos que no vuelven nunca más habiendo emprendido una caminata interminable disfrutando de un tiempo sin tiempo, sometidos a la urgencia de llegar temprano a alguna ninguna parte, prevaleciendo en suelas rotas, viviendo unidos a un cuerpo cansado de bosques, de espinas, de guijarros… indiferentes a la ruta eximida de la responsabilidad cada vez mayor de hincarnos para que agucemos los sentidos y renovemos alientos dando sentido a un mundo donde todo son caminos, caminos compartidos con otros que en sentido contrario, con nosotros, también van a la misma meta a la que aún no ha llegado ningún humano que a pie, emprendió su victoria de haber sido previamente el primer bípedo en caminar con zapatos o en la victoria de unos zapatos que caminaron con unos pies dentro…no sé, o algo así…