*“Vida pa’ que no te acabaras... ¡Carajo!", como dijo Diomedes.Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez- Atala, ándate o no te queda una sola viva. Llévatelas enseguida para Barranquilla y véndelas si es que alcanzan a llegar vivas. Hay peste de gallinas en el barrio y ya las de Arcelia, la vecina, cayeron.
Así le dijo mi papá a mi mamá ese día, al regresar de la casa de mi abuela Cristina trayendo la mañanera noticia del desastre que diezmaba a los gallineros del pueblo.
- Tendrás que acompañarme, hijo. No vayas hoy a la escuela. Son muchas y necesito ayuda. Confiemos en Dios y que con su misericordia pueda venderlas- me dijo ella con voz de larga preocupación. Serían como las siete de la mañana de un marzo y yo tendría unos escasos ocho o nueve años de edad cuando aquello.
Sin brote de esquizofrenia, corriendo detrás de ellas, las gordas gallinas se dejaron coger una por una; las amarramos por las patas con unos ataderos y atravesando los amarres con un palo, dispusimos el viaje en el único bus que para entonces había en el pueblo. Nos preocupaba que murieran en el camino.