Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.Alguien preguntó:
-¿Seré yo, Maestro?
Y con un: “Tú lo has dicho”, que respondió el Señor, empezó en el salón una gran gritería de asombro entre miradas escrutadoras y dejos de dolor.
El hombre que hiciera la pregunta, sintiéndose acorralado por la jauría humana, viviendo su propia pesadilla, al levantarse trabajosamente del asiento que ocupaba en la mesa, nerviosamente tropezó antes con su mano izquierda el tarro de la sal y éste, en forma fatídica, se derramó, al tiempo que de la pequeña bolsa de cuero que llevaba en la otra, se le escaparon unas tintineantes monedas sueltas y, entonces, extinguida por completo su última chispa de fe, salió del lugar mientras a su paso se estremecían los árboles del camino y los perros callejeros aullaban en tono funerario y sepulcral.
En el salón, los gritos continuaron. Fueron el principio del fin. Algunos invitados a la gran cena, permanecían aún sentados hablándose al oído y entre sí. Otros, impactados por la terrible noticia, como temblando de fiebre y de frío, trabajosamente se pusieron de pie sin comprender por completo lo que estaba sucediendo. Después, aletargados por la cruda pena, todo fue lamentos, lamentos largos y dolorosos que se quedaron flotando en el silencio de la tarde y fue al arribo de la noche y la madrugada, en otro sitio sembrado de olivos, cuando, de pronto, filosas espadas de conflicto y muerte sonaron seguidas de fuertes pisadas de tropa armada y aquel, aquel que le preguntara: “Seré yo, Maestro”, acercándosele y dándole un beso traicionero en la mejilla, sin tiempo que perder y sin más trampa, a sus captores le entregó…