Federico Ortega.- Cuando salió a las siete de la tarde de la clase particular de inglés, no pudo quedarse a charlar con sus compañeros, como le hubiera gustado. Debía apresurarse para llegar a tiempo al partido de tenis que disputaba tres veces por semana, por la tarde-noche, con luz artificial. Se echó la bolsa con las cosas del tenis a la espalda, cogió la bici y se despidió de sus amigos. Miró a Mónica y le dijo que la llamaría para explicarle como funcionaba el programa de ordenador que le había prestado y echó a correr.
Se llamaba Pablo, tenía 15 años y vivía en una ciudad del sur. Era muy alto para su edad, guapo de cara, con el pelo castaño, un cuerpo fuerte y atlético debido al mucho deporte que había hecho desde pequeño. Había probado de todo: fútbol, judo, footing, pero su padre había insistido en que el tenis tenía mucho futuro y como a él también le gustaba, desechó lo demás y desde hacía cinco años siempre se le veía con la bolsa de las raquetas. Había ganado ya varios torneos juveniles y sus enfrenadores decían que llegaría lejos.