A «el Negro Elías», a «Martín Yuca Asá», a Cayetano, a «Álvaro Pacheco», a «Bejuco» y a «el Negro de Santana», los trompeadores de mi pueblo.Escribe; Walter Pimienta J.- «Timito» Redondo era, en el corregimiento de Campeche, el respeto de los hombres. Nació para trompeador; esa fue su virtud sobrenatural de cuerpo entero. Siendo apenas un niño, en medio de un silencio de asombro y de un fuerte derechazo, partió las primeras narices en una fiesta de cumpleaños. Desde entonces, sus padres, alarmados por su violenta manera de conducirse, lo llevaron ante los médicos para que le curaran el peligroso mal de tira puño. Uno de los galenos consultados dictaminó que el niño tenía «trompeatitis aguda» y que, con unos cuantos correazos y unas «píldoras de tatequieto», se curaría; pero ese tratamiento no produjo en “Timito” ningún resultado benévolo. Otro patólogo clínico afirmó que el menor sufría de «jodentina perniciosa» y ordenó que le aplicaran inyecciones de «tranquilidina al cien por ciento», además de obligarlo a comer con cuchara de cobre; más tampoco sanó con ese método. Finalmente, «el Mago de Arjona», especialista en remediar males extraños y conocedor de los secretos de la vida y de la muerte, consideró que “Timito” padecía de «jodencia callejera». Lo sometió a un largo y espeluznante proceso de cuentos de miedo que debían referírsele antes de acostarse. ¡Pero qué va! Eso lo dejó peor. El Dios de arriba ya lo había decidido: “Timito” Redondo, hijo y nieto de Redondos, sería trompeador de los buenos. El cielo brillante de enero le otorgó ese ser de gracia y ese carácter de egregia dignidad con el que, gracias a sus puños de guayacán, le sacaría los dientes a más de uno y pondría a sus adversarios los «ojos colombianos». |
Debo hacer constar aquí que “Timito” Redondo no era un vulgar peleonero, un «matasiete» despreciable; era, eso sí, un trompeador compulsivo. Un trompeador de domingos. Era, irónicamente y en extremo, un hombre apacible de rostro que, en tono amigable y demasiado humano, de buena voluntad y hasta pidiendo el favor decentemente, trompeaba con otro solicitándole de forma comedida el favor. Peleaba acordando antes la paga con una botella de ron, sin quedar enemistado con su rival de turno, ganara o perdiera en franca lid. Hacía de la contienda una especie de extraño juego en el que el contrario, después de que “Timito” le dijera: «Lo siento en el alma», salía siempre con una ceja rota y escupiendo sangre por la jeta.
Dicho sin tanta pendejada, y para que se me entienda mejor: todos los domingos del año, la gente apostada desde temprano en la plaza de Campeche presenció maravillada aquellas memorables «muñequeras» que “Timito” Redondo propinaba a cuanto susurete le aceptara el lance por el precio de una botella de ron. Así, el mundo chiquito de antes se enteró de su desproporcionada fama, ganada a puño limpio y reconocida incluso por una tropa de cinco alguaciles que una vez, con bayonetas caladas en mano, no fueron capaces de ponerlo preso.
En tales tiempos, llegaron a Campeche anuncios de que «el Negro Adán», el más nombrado trompeador de Barranquilla, y un tal «Chuchú Hernández», de Juan de Acosta, querían «quitarse la rasquiñita» con él; pero “Timito”, sintiéndose burlado, se cansó de esperarlos como gallo fino picado: amarrado en su estaca, pidiendo rival en su canto y sin coteja
Pero alguien, algún día, habría de torcer la suerte de “Timito” Redondo. Fue algo inevitable, fatal. Bajándose de la troja de un camión que iba para Sabanalarga, poco antes de las tres de la tarde de aquel domingo, sin comitiva y con cara de ser un serio vendedor de hojaldres, llegó Marcos Flórez. Natural de Horiguica, Magdalena, el forastero era reposado, limpio y vestía de lino crudo hasta los pies vestido. Al llegar a Campeche, preguntó por “Timito” a la primera persona que encontró a su paso.
—Está en la plaza bebiendo ron —le contestó un ocasional transeúnte, quien a la vez le preguntó—: ¿Y pa' qué lo busca?
—Voy a trompeá con él. No por soberbia, sino por enfermedad —respondió el forastero.
—Ese tipo es el diablo. Aquí no hay quien le gane —opinó sin secretos el viandante.
—El hierro se afila con hierro, y el hombre con otro hombre —dijo en tono proverbial el extraño, afirmando con fuerza sus pasos fatalistas en la polvorienta calle.
Tan pronto Marcos Flórez llegó a la concurrida plaza de Campeche, por mero conocimiento de causa y efecto, no tuvo dudas para señalar, entre tantas personas allí reunidas, al hombre de camisa caqui arremangada. Era “Timito” Redondo, a quien, con voz firme, le dijo:
—Estoy aquí pa' trompeá contigo.
El reto se escuchó en los cuatro costados del ancho y espacioso lugar, dejando a los presentes atónitos y temiendo lo peor.
—Hoy no quiero —contestó Timito, poniendo cara de frivolidad.
—Vine desde muy lejos pa' que me dejes con los crespos hechos —repuso el forastero.
—Es que hoy no quiero —reiteró el retado, y agregó—: Además, yo no trompeo con hombre que antes no me miente la madre.
—Tú y yo sabemos que no necesitamos mentarnos las madres. Estamos condenados a ser trompeadores y, por favor, atiende mi solicitud —le encareció el desconocido.
“Timito”, sin más recurso que aceptar, miró a los ojos a su oponente por cinco segundos. Advirtió en sus pupilas que a este también lo afligía el mal del trompeador, ese virus que se mete en la sangre desde la infancia impidiendo otros sueños. Y en consecuencia, con buen talante, dijo:
—Que sea lo que sea. Apostemos una botella de ron, pero antes advierto a todos: si le gano a este tipo, entre los dos no hay enemistad ni rencor; y si es él quien me gana, me voy enseguida de Campeche a pudrirme en otra parte.
La ronda humana se abrió. Los trompeadores, puestos en guardia, contuvieron el aliento. Nadie hablaba. Con absoluto dominio de su arte, uno y otro sustentaban su sapiencia de aguerridos gladiadores con inverosímiles golpes de muerte. De pronto, Timito tropezó con una mano de hierro y, ante la mirada incrédula de los mirones, cayó al suelo completamente noqueado.
—¡Lo jodió! —dijo uno.
Marcos Flórez no se alteró. Guardó un silencio largo esperando que su contendor se pusiera de pie y, al ver que no lo hacía, por instinto y consideración, dijo:
—Échenle agua. No es bueno quedarse dormido de una trompada. Un espontáneo, por caridad, arrojó a la cara de “Timito” una totuma de agua helada. Este reaccionó al instante, pero sin poder levantarse. Una ceja rota y cuatro dientes menos en su boca pusieron al descubierto su lastimosa condición de derrota. Su rival le tendió la mano y, con un impulso, lo puso de pie. “Timito”, hermético de lengua, como pájaro herido por un hondazo que en un afán de desesperado vuelo da débiles aletazos, cumplió su palabra de hombre. Desde ese día y para siempre, con toda su familia y con «Raquítica», su perra, se marchó de Campeche para la Sierra Nevada.
Walter Pimienta J |