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-Molino de papel-
“MIRO LO QUE ME GUSTA”
Cuentos y relatos globales. 26.07.26 
Escribe; Walter Pimienta J  —Escoge  armas, lugar, fecha, hora y dos testigos, y me mandas la respuesta con "Carlos Ugly", que es el hombre más serio de este pueblo —le mandó a decir don Emilio a don Jorge en un papel sellado escrito.
Don Emilio le pagó cinco pesos por el favor a "Canillita", un mandadero confiable y de los buenos en ese tiempo. Al llegar a la casa del destinatario, el portador del mensaje dio tres golpes suaves a la puerta de la manera más educada y le dijo a quien le abrió:
—Buenos días. Aquí le manda don Emiro a don Jorge este papel... Que por favor lo lea. Gracias.
Y el mandadero, con el tiempo entre las manos —pues tenía otra encomienda que cumplir—, dio la espalda y cruzó la esquina con un  andar ligero, llevado por la prisa de diez deberes más.
Era abril de 1850.
Don Jorge, haciendo buen uso de los servicios de “Carlos Ugly”, le mandó a decir a don Emilio —también en papel sellado y firmado— que, al ser él el desafiado y tal como lo dictaba la ley del duelo, ya había escogido las armas. El lugar del ristre sería la Plaza de las Moras el primero de abril a las dos de la tarde, y sus testigos:  Ortega y Otero. Asimismo, notificó que José de la Rocha y Leónidas Armenta, sus padrinos en el compromiso, eran los encargados absolutos de fijar, redactar y publicar en las esquinas el cartel oficial correspondiente. En éste se invitaría a la comunidad a asistir a un duelo a pistola, de acuerdo con las reglas del código de honor del siglo XIX, el cual dictaba a la letra: «Los dos hombres involucrados (el ofendido y el ofensor) nunca se comunicarán directamente tras el altercado, para evitar riñas salvajes en los días previos y mantener el protocolo de caballeros».

José de la Rocha y Leónidas Armenta, padrinos de don Jorge, se habían reunido previamente. Teniendo como testigos a Casimiro Ortega, notario del pueblo, y a Genitor Otero, fidedigno armero con sobresalientes estudios en la escuela de Éibar (España), quienes escogieron y probaron el par de pistolas. Estas habían sido adquiridas por correo —tardaron un mes en llegar— en  la prestigiosa armería estatal de Versalles, en Francia; un modelo fundido en bronce bruñido bajo la firma personal de Nicolas-Noël Boutet, considerado el armero más célebre y cotizado de todos los tiempos.

Y diré ahora la causa de este duelo. Todo se debía a las miradas insolentes que don Jorge sostenía con Charo Mendieta y Olavarría, la esposa de don Emilio. Aquél la miraba fijo, sonriente y lascivo, sin ningún reparo, lo cual era considerado una provocación deliberada al esposo, según rezaba la norma. Esto hizo que el ofendido, desafiante, le dijera al provocador una vez en público y en plena calle:

—No es por lo de las miradas en sí —y ya sabes bien a qué me refiero—, sino por la insolencia y la falta de respeto a mi autoridad y dignidad. Siempre que la ves lo haces: en el baile de la fiesta patronal, los domingos cuando ella sale de misa, en el Teatro Montecristo cuando asiste a la ópera... y tengo testigos. No me quedaré de brazos cruzados para que me cataloguen de cobarde o complaciente. Salvaré mi reputación ante la sociedad; es mi obligación. Lo  que haces  es un atentado  contra el decoro   mi  familia. Y  esto  solo  se lava  con  sangre

—Miro lo que me gusta —le respondió el otro.

Y aquello fue la chispa.

Y en las esquinas, los tumultos se agolpaban para leer los carteles  que dejaban saber los pormenores del duelo, detallados así con  rigurosa frialdad:

«Las armas son idénticas y vírgenes, traídas de Francia y resguardadas en un mismo estuche de madera. Una hora antes del lance, serán puestas a punto por Genitor Otero, quien limpiará los cañones con aceite fino de ballena, revisará las llaves de percusión y verificará que ambos gatillos tengan exactamente la misma resistencia al tacto. Las balas serán de plomo, perfectamente esféricas y fundidas en exclusiva para el calibre de dichas pistolas.

Los padrinos de ambos lados se reunirán en la Plaza de las Moras una hora antes. Medirán la distancia exacta del duelo —quince pasos— y la marcarán en el suelo con líneas de cal. Asimismo, calcularán la trayectoria del sol para que la luz de las dos de la tarde no encandile a ninguno de los duelistas, y se echará a la suerte, mediante una moneda de cara y cruz, qué lado ocupará cada quien.

Estará presente en el terreno, apostado a unos metros con su maletín de campaña, el doctor Torrenegre, encargado de determinar la muerte mutua de los contendientes, la de uno de ellos, o el socorro de ambos en caso de resultar heridos. Se le ha solicitado al facultativo proveerse de torniquetes, pinzas de extracción, vendajes de lino y aguardiente fuerte. De caer herido un duelista sin la asistencia del médico, los padrinos podrán ser juzgados por homicidio negligente.

Los duelistas deberán vestir levitas o chaquetas oscuras, negras o grises, para no ofrecer un blanco visual fácil al oponente. Se prohíbe terminantemente el uso de botones brillantes, cadenas de reloj de oro o pañuelos blancos que puedan distraer o atraer el ojo del rival. Los caballeros habrán de bañarse meticulosamente antes del encuentro y portar camisas de lino o algodón completamente limpias; esto no responde a la estética, sino a la ciencia médica: se sabe que si el plomo empuja trozos de tela sucia dentro de la herida, la gangrena matará al hombre días después, aun cuando el disparo no haya tocado un órgano vital.

La noche anterior al duelo, los desafiantes escribirán sus cartas de despedida y dejarán firmado su testamento ante el notario del pueblo. En los bordes de la plaza se estacionarán dos carruajes con los caballos enganchados. De terminar el lance en muerte, el superviviente y sus padrinos deberán abordar de inmediato para cruzar la frontera del pueblo antes de que intervenga la justicia local, puesto que, aunque socialmente aceptado por las leyes del honor, el duelo sigue siendo un delito bajo nuestro código penal».

Llegó la hora fatal. La Plaza de las Moras estaba a reventar y el silencio era tan espeso que podía cortarse con un sable. Don Jorge y don Emilio se dieron la espalda, caminaron los quince pasos reglamentarios sobre las líneas de cal y se giraron. El sol de las dos de la tarde destelló en el bronce bruñido de las pistolas Boutet. El doctor Torrenegre sostenía sus pinzas de extracción con las manos temblorosas, mientras los padrinos contenían el aliento.

—¡Uno... dos... fuego! —bramó la voz del juez.

Dos estallidos ensordecedores sacudieron la plaza, inundando el aire con un denso humo de pólvora negra. Don Jorge, paralizado por el pánico, disparó directo a las nubes. Don Emilio, buscando vengar su honor de esposo ultrajado, apuntó con firmeza y jaló el gatillo. El impacto fue certero. Don Jorge soltó un quejido, soltó su Boutet francesa y cayó de espaldas contra el suelo.

El tumulto ahogó un grito. El doctor Torrenegre corrió con el maletín a rastras, arrodillándose en el polvo para rasgar la levita oscura del herido en busca de la herida mortal. Sin embargo, al apartar el paño, el médico se detuvo, desconcertado. No había sangre, ni agujero de plomo, ni rastro de gangrena.

En el centro exacto del pecho de don Jorge, justo sobre el lino finísimo e inmaculado de su camisa importada, se expandía una enorme, pastosa y humeante mancha negra de estiércol de vaca compactado. Don Emilio, cuyos padrinos se habían compinchado secretamente con Charo Mendieta la noche anterior para vaciar el plomo de los cartuchos, contempló el resultado con una sonrisa de satisfacción.

El honor del esposo estaba legalmente limpio ante el código del siglo XIX pues el arma había sido disparada y el blanco alcanzado. No obstante, don Jorge, ileso pero apestando a establo bajo el sofocante calor de la tarde, tuvo que soportar las carcajadas del tumulto que antes le temía. El duelo terminó sin viudas, pero a partir de ese primero de abril, las miradas en las esquinas cambiaron para siempre: nadie volvió a ver a don Jorge como un galán peligroso, sino como el caballero de la camisa sucia.

Walter Pimienta J. 

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