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No confundir el antigitanismo con la lucha contra la exclusión y la pobreza
Comunidad gitana. 18.04.23 
Desde nuestra organización reconocemos que los poderes públicos vienen desarrollando un esfuerzo notable en el ámbito de la sanidad, el trabajo, la vivienda y la educación de nuestra gente más vulnerable. Y es justo reconocerlo.
El año pasado el Gobierno central destinó 3.929.636,81 euros procedentes de la recaudación del IRPF y los repartió entre siete organizaciones gitanas. Aunque justo es decir que la Fundación Secretariado Gitano se llevó la parte del león (el 80,29%, es decir 3.154.813,63 euros). El resto se lo repartieron de forma muy desigual las seis asociaciones restantes.
No es nuestra función enjuiciar qué hicieron con ese dinero las asociaciones beneficiadas. Las conocemos y sabemos que son organizaciones serias y honradas y que el dinero que recibieron lo emplearon en remediar las carencias más graves de la población gitana con quienes trabajan.
Pero con esas acciones no se lucha con eficacia contra el antigitanismo. Tal vez con esos programas se combata las injusticias y las desigualdades que produce el sistema. Pero “el antigitanismo es el producto de una forma específica de racismo, una ideología basada en la superioridad racial, una forma de deshumanización y de racismo institucional alimentado por una discriminación histórica, que se manifiesta, entre otras cosas, por la violencia, el discurso del miedo, la explotación y la discriminación en su forma más flagrante”. Así lo define la ECRI (Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia, del Consejo de Europa).

Esta semana, Élisabeth Borne que es la jefa del Gobierno francés advirtió que “el odio se ha reinventado”, a veces bajo una apariencia intelectual y, con frecuencia, “escondido detrás de las redes sociales”. Para Borne, es “intolerable” que la discriminación racial siga viva en “una República laica e indivisible”.

En resumen, aunque parezca muy duro decirlo, con políticas valientes y decididas que favorezcan el uso de viviendas dignas, el acceso a una educación plural y respetuosa de nuestras propias costumbres y tradiciones, o el disfrute de un puesto de trabajo, con eso no acabaremos con el antigitanismo, porque el antigitanismo es la manifestación de un sentimiento racista que anida en la conciencia de algunos seres humanos que se creen superiores a otros de sus semejantes.

El antigitanismo también lo sufren gitanos y gitanas que llevan una vida ordenada, que conviven con sus vecinos con normalidad y que gozan de una vida desahogada y de una formación superior. Y ese temor también está arraigado en algunos profesionales que prefieren ocultar su condición de gitanos por temor al rechazo o la prevención que pudieran suscitar en otras personas de su entorno.

Recuerdo que un día participé en un debate abierto en Canal Sur TV de Andalucía. Entre los contertulios había algunos catedráticos y profesores universitarios. Al terminar el programa uno de ellos se me acercó para decirme:

—Perdone usted, tío Juan de Dios. Tengo que decirle avergonzado que yo soy gitano, pero no lo digo porque así paso desapercibido y evito problemas. Pero le garantizo que a partir de hoy lo diré con orgullo.

El antigitanismo se combate en los medios de comunicación
Lo he leído en “Cuadernos de periodistas” en un artículo firmado por Marc Amorós: “Todo es falso, salvo alguna cosa”. Esta célebre frase que el expresidente del Gobierno Mariano Rajoy dejó dicha para la posteridad se ha convertido en una descripción de nuestros tiempos informativos. Hoy en día, las noticias falsas campan a sus anchas hasta el punto de suponer una amenaza para los medios de comunicación e incluso para la democracia.

Esto lo sabemos todos. Y de forma contundente, desde que un pretendido periodismo se ha adueñado de internet. Rosa Montero, la conocida periodista, ha escrito que las redes sociales tienen una vertiente venenosa de la que todos hablamos constantemente sin hacer nunca nada. Y lo padecemos quienes somos víctimas indiscriminadas de quienes utilizan los medios para acusarnos de todos los males que padece la sociedad. Estoy de acuerdo con quienes afirman que las palabras crean una realidad que no siempre se corresponde con la verdad.

Las noticias falsas y los comentarios envenenados por el racismo están empujando al periodismo hacia un nuevo escenario. El uso del lenguaje es un reflejo de las prácticas culturales y sociales de un determinado contexto social. Todos los ciudadanos, gitanos y no gitanos, como parte de la comunidad, desarrollamos conductas que nos vienen sugeridas por quienes, desde los medios, tienen el poder y la facultad de crear estados de opinión.




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