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Bueno. Ya se ha quemado la sierra. ¿Y ahora qué hacemos? (Parte II)
Eduardo Saez Maldonado. 17.03.23 
Después del terrible incendio que devastó la cara norte de la Sierra de Mijas el pasado verano, escribí una reflexión en la que analizaba los problemas en la gestión forestal que, en mi opinión, habían derivado en un incendio tan agresivo (1). Transcurridos ya unos meses desde aquellos hechos, una vez vistos con calma los efectos, cotejados los mismos con la información a la que he podido acceder y observado las medidas que está tomando la administración pública "in situ", me permito volver a incidir sobre el tema en una nueva reflexión más sosegada y que trata de aportar un punto de vista que, por personal, quizás no sea demasiado ortodoxo.
Tras el incendio hubo muchas iniciativas populares, más o menos organizadas, que se intentaron movilizar para contribuir a la reforestación de la sierra. A mí no me gusta hablar de reforestación de forma genérica porque las medidas a tomar para recuperar el monte tras un incendio no son exclusivamente (ni siquiera necesariamente) reforestar. Creo más correcto hablar de restauración. Y si es posible de restauración ecológica. Porque esta es una de las principales cuestiones a la que debemos enfrentarnos. ¿Qué queremos restaurar? ¿un gran parque para disfrute de la ciudadanía? ¿un densísimo pinar de repoblación como el que se ha quemado? ¿un ecosistema naturalizado? Porque lo que no hay que perder de vista es que la magnitud de este incendio (más allá de consideraciones sobre cambio climático etcétera, que también influyen, claro está) tiene mucho que ver con el hecho de que se trataba de un pinar de repoblación de una densidad altísima y sin "tocar" desde que se hizo dicha repoblación hace 50 años. Volveremos más tarde sobre este tema.
La Junta de Andalucía habilitó de urgencia tras el incendio un presupuesto de 2 M€ para los trabajos a realizar en las zonas quemadas que han consistido, fundamentalmente, en dos tipos de actuaciones:

1-Construcción de pequeños diques, de madera (aprovechando los troncos de pinos muertos), o de piedra y hormigón estratégicamente situados para contener en la medida de lo posible la gran erosión que las lluvias (frecuentemente torrenciales) arrastran. Esta medida es, en mi opinión aconsejable y necesaria.

2-Apertura de amplios carriles en la sierra para permitir el acceso de maquinaria pesada que permita cortar y extraer del monte los troncos muertos con la intención de subastarlos posteriormente. Esta segunda medida es más controvertida.

3-Cabría una tercera actuación, que la Junta aún no ha llevado a cabo, que consistiría en reforestar.

Así como hay cierto consenso en la necesidad de acometer la construcción de pequeñas presas como ha hecho la Junta (a pesar lo cual, y aunque las lluvias este año no han sido particularmente intensas, se ha perdido ya una parte de suelo nada despreciable), hay una clara división de opiniones acerca de lo que se debe hacer con los pinos quemados, a saber: dejarlos como están, apearlos o sacarlos del monte, opción esta última por la que ha apostado la Junta y sobre la que creo necesaria cierta reflexión.

A medida que los ecosistemas maduran, se desarrollan y la vegetación va creciendo va produciéndose un trasvase de nutrientes del suelo a las propias plantas que los necesitan y utilizan para crecer (madera y estructuras leñosas en general). Así, un ecosistema ya maduro tiene relativamente pocos nutrientes en el suelo pues están ya formando parte de las plantas que lo constituyen (de la biomasa). Aunque en los ecosistemas mediterráneos este fenómeno no es tan acusado (como en las selvas tropicales, por ejemplo) ya que la poca disponibilidad de agua supone un factor limitante de crecimiento muy importante, también se produce. En el caso de la incendiada cara norte de la Sierra de Mijas había ya una proporción de nutrientes considerable en forma de biomasa ya que el densísimo pinar de repoblación que la cubría llevaba ya más de 50 años creciendo sin ninguna labor selvícola (entresacas) que lo limitara.

Retirar los troncos muertos del monte supone, pues, retirar una gran cantidad de nutrientes (nitrógeno y fósforo sobre todo) que habían sido extraídos del suelo (fundamentalmente) por los pinos para poder crecer. Es decir, más allá de los nutrientes que se han perdido este año por la escorrentía y los que se habrán de perder en el futuro próximo, retirar del monte los troncos muertos supone empobrecer más el suelo.

Si los troncos se dejan donde están se irán cayendo poco a poco degradándose lentamente y devolviendo al suelo los nutrientes que contienen fertilizándolo. Asimismo, la sombra que produzcan, aunque escasa, ayudará a las plantas que vuelvan a parecer en su crecimiento inicial y, además, proporcionará cierto refugio para la fauna que, poco a poco, deberá ir recolonizando la zona.

Y ahora viene el tercer punto de las actuaciones enumeradas, la reforestación en sí, ¿es necesaria? La naturaleza tiene sus propios mecanismos de recuperación y paseando por las zonas quemadas los podemos ver claramente. Hay plantas, como los palmitos, que desde las primeras semanas rebrotaron incluso desde troncos de un metro de altura. Asimismo vemos plantas herbáceas de distintas especies (romero, vinca, torvisco) rebrotando y floreciendo, así como matorrales arbustivos como enebros o coscojas brotando de la cepa e infinidad de pinos naciendo de piñones en una más que conocida estrategia de respuesta al fuego. Esta regeneración natural se está produciendo y, dependiendo de lo que llueva, lo seguirá haciendo de forma más o menos rápida por lo que quizás bastaría con un apoyo en ciertas zonas concretas  más castigadas o que requirieran de un refuerzo de ciertas especies.

Quizás no necesitemos, pues, ni extraer madera ni reforestar de forma generalizada. Decía el otro día un científico especialista en ecología de sistemas terrestres mediterráneos que el presupuesto que se destina a actuaciones tras los incendios debería dedicarse a las zonas que no se han quemado "o al menos mitad y mitad". Y es que en el caso de la Sierra de Mijas, hemos visto lo fácil y rápidamente que arde un pinar de repoblación al que no se le ha hecho el seguimiento adecuado. Y es ahí donde deberíamos focalizar los esfuerzos, haciendo las entresacas periódicas y cíclicas que permitieran el crecimiento de otras especies autóctonas que diversificaran el bosque, aumentaran la biodiversidad (no sólo vegetal sino también faunística) y le confiriera una mayor resistencia a futuros incendios que serían entonces menos virulentos.

Otra de las razones aducidas por los técnicos para justificar la creación de nuevos (y anchos) carriles en el monte, por lo demás tan criticados por reconocidos grupos ecologistas (2), es la necesidad de poder acceder al mismo con maquinaria pesada no sólo para sacar la madera quemada, sino para futuras entresacas (que sin duda deberán hacerse cuando la estrategia ya mencionada de los pinos carrascos de liberar piñones dé como resultado un crecimiento de un nuevo pinar de gran densidad) sino también para permitir el acceso a medios de extinción ante eventuales futuros incendios. Y aquí es donde entra en juego la decisión que debemos tomar y a la que nos referíamos al principio de esta reflexión: ¿qué queremos hacer con el monte?

Si lo que queremos es una especie de patio trasero de la Costa del Sol para poder organizar carreras a pie, en bicicleta, tirolinas y romerías varias, entonces cuantos más carriles hagamos, mejor. Pero si a lo que aspiramos es a renaturalizar la sierra con la idea de preservar zonas lo menos afectadas posible por las agresivas actividades humanas de masas, entonces los carriles sobran. Es verdad que las entresacas serán necesarias (tanto en las zonas no quemadas como en las quemadas donde los piñones están brotando por miles) para evitar la aparición de nuevo de pinares densísimos y hasta que la comunidad vegetal se diversifique lo suficiente; pero si el objetivo no es sacar la madera del monte no necesitaremos tantos carriles, ni tan anchos. Y los eventuales incendios que puedan producirse no serán pues tan virulentos no necesitando una intervención tan directa sino más bien una contención periférica para evitar que se vean afectadas las zonas urbanas.

A esto último es, en mi opinión, a lo que debemos tender pues en un territorio tan humanizado, donde la ocupación humana es ya casi total (y más allá de consideraciones morales sobre el derecho que, como habitantes del planeta, tenemos de destruir todo lo que nos rodea), recuperar zonas silvestres se vuelve, más que un capricho de ecologistas soñadores, una necesidad si queremos que el colapso de la biodiversidad no se nos eche encima, que el agotamiento de los acuíferos no nos acorrale y que el cambio climático no nos abrase.

En este sentido, y en un tono intermedio entre las dos opciones de gestión de la sierra comentadas, existe un Movimiento Pro Parque Natural Sierra Mijas Alpujata, conformado por diversas asociaciones, grupos políticos y vecinos particulares, que proponen (en un proyecto ya muy avanzado) proteger la zona bajo la figura legal de Parque Natural para organizar adecuadamente un uso razonable del territorio (distinto por cierto al que se ha hecho hasta ahora con urbanismo descontrolado, canteras descomunales etc) que contemple, sí, aprovechamientos razonables, pero que no termine de destruir lo poco que nos va quedando (3).

Quizá sea este el momento de ponernos de acuerdo y ejecutar definitivamente un proyecto tan necesario.

(1)https://www.alhaurin.com/noticias_ampliar.php?id=86155HYPERLINK "https://www.alhaurin.com/noticias_ampliar.php?id=86155&comesfrom=Eduardo Saez Maldonado.php"&

(2)https://www.malagahoy.es/mijas/Ecologistas-Accion-actuaciones-Sierra-Mijas-incendio_0_1765924657.html

(3)https://www.diariosur.es/costadelsol/argumentos-malaga-contar-nuevo-parque-natural-mijas-alpujata-20210415192034-nt.html

 Eduardo Sáez Maldonado   

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