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El Dakar como metáfora
Eduardo Saez Maldonado. 17.01.23 
" Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción"  (Simón Bolívar)
El Rally Dakar ha llenado en estas fechas los espacios de deportes de los telediarios. En este caso, al contrario que ocurrió en el mundial de fútbol de hace un par de meses, no se critica que el país organizador sea una monarquía absoluta de tipo medieval donde la población vive sometida a los criterios arbitrarios del dueño del país que suelen poco respetuosos con las mujeres, la homosexualidad, trabajadores en general etc. Se ve que ahora no tocaba esta posición crítica. O quizás sea que con Arabia Saudí nos tenemos que llevar mejor que con Catar. Y es que las cínicas relaciones que mantenemos desde los países (más o menos) democráticos con las dictaduras están supeditadas a nuestros intereses económicos y geoestratégicos, claro. China, Marruecos, Cuba, países del Golfo Pérsico etcétera son aliados si nos viene bien y miramos para otro lado en relación al tema de derechos humanos y otras menudencias. Lo de Arabia Saudí es particularmente sangrante pues es un país que lleva años sometiendo a una masacre incalificable al pueblo yemení en un cruel conflicto absolutamente olvidado. Pero mi reflexión no tiene que ver hoy con esto, sino con la propia naturaleza del Rally Dakar en sí, como metáfora de una sociedad decadente. Veamos.
Las imágenes que vemos en los telediarios son tenidas por espectaculares y asombrosas, dignas de unos deportistas con tintes heroicos por la dureza, dificultad y peligrosidad de las pruebas que deben pasar. Sin embargo a mí (que soy un poco raro, lo se) me resultan tristes y desalentadoras, porque lo que yo veo son monstruosas máquinas pisoteando y arrasando lo que encuentran a su paso (ya sean dunas, zonas de matorral etc) con el único objetivo de ganar una carrera (¡!). Cuando estas carreras se celebraban en Senegal, las imágenes eran a veces hasta insultantes porque al destrozo ambiental se sumaba el desprecio por los indígenas senegaleses que, en unas condiciones de vida miserables, veían a estas máquinas infernales atravesar sus poblados a toda velocidad irrespetuosamente.

En Arabia no vemos estas escenas pero la imagen del coche arrasador me deja un sabor de boca triste y desalentador.

Triste porque me da pena que destruyamos (o al menos alteremos gravemente) zonas naturales de forma tan gratuita y despectiva.

Pero desalentador porque supone, al final, una constatación de que nuestra civilización contempla el entorno en el que vivimos exclusivamente como un lugar donde desarrollar nuestros proyectos, ya sean económicos o lúdicos, mostrando desprecio absoluto por el entorno en sí y sus habitantes; mostrando desprecio absoluto por la naturaleza que nos rodea, con las otras formas de vida con las que compartimos este planeta. Como si no existiera más que nuestro egoísmo antropocentrista.

Esta prepotencia de nuestra civilización capitalista, tan basada en la satisfacción de nuestros deseos como si el planeta fuera nuestro, nos está llevando a una gravísima situación de agotamiento de los recursos (energéticos, hídricos, de materiales, de suelo disponible etc.) de incierta extinción de la biodiversidad que nos acompaña en nuestro viaje y de un cambio climático cuyas consecuencias (ya inminentes) no podemos más que intuir.

El arrollador paso del Rally Dakar por las dunas arábigas es, además de un negocio, una metáfora de lo que la civilización occidental lleva haciendo desde que la revolución industrial (el petróleo) le confirió un poder descomunal: comportarse como un niño malcriado que persigue exclusivamente la satisfacción de sus deseos sin importarle ninguna otra cosa. Y ese poder, en manos tan irresponsables como las nuestras, nos está llevando a las puertas de un incierto colapso civilizatorio y una enorme alteración de los equilibrios de un ecosistema planetario (Gaia) del que formamos parte aunque no queramos verlo, y que no sabemos muy bien dónde acabará.

Y encima, Carlos Sáinz ha tenido que abandonar.
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