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Atavismos estivales
Eduardo Saez Maldonado. 16.08.22 
En el siglo XIX se puso de moda entre los intelectuales adinerados la creación de jardines de estilo romántico que incluían especies exóticas de muy diversa procedencia geográfica. En Málaga, sin ir más lejos, disponemos del magnífico Jardín Botánico de la Concepción. Pero si las condiciones climáticas, de humedad y precipitación lo permiten, estos jardines se convierten en auténticas selvas en latitudes extrañas.
La foto que acompaña este escrito, tomada en uno de los muchos jardines románticos de la ciudad de Sintra, cerca de Lisboa, es un ejemplo. Se trata de un bosquete de helechos arborescentes que nos trasladan a otra época. Una época en la que las plantas "superiores" con flores y troncos de madera consistente (como el olivo y la encina) aún no habían hecho su aparición evolutiva, y otras plantas vasculares terrestres más primitivas, como los helechos arborescentes de la fotografía, dominaban la tierra y empezaban a producir el carbón que ahora nosotros explotamos como si no hubiera (y quizás no lo haya) un mañana. Hablamos del Carbonífero, hace más de 300 millones de años.

La naturaleza nos proporciona ciertos momentos evocadores de otros tiempos que, de alguna manera, guardamos (y hasta añoramos) en nuestra memoria evolutiva. Así, el aullido del lobo o el bramido de un ciervo nos desconcierta al despertarnos sentimientos atávicos ya olvidados. Una ventisca en la sobrecogedora taiga boreal (aunque sea en el pinsapar de la Sierra de las Nieves) nos emociona en lo más profundo al despertarnos lejanos sentimientos de pertenencia a una naturaleza indómita y olvidada. Y este sencillo (y artificial) bosquete portugués de helechos arborescentes nos traslada a misteriosos lugares ignotos, de hace más de 300 millones de años, cuando no éramos más que pequeños vertebrados recién salidos del agua.

Pero estos extraños lugares nos resultan, de alguna manera, familiares. Más familiares que nuestras inhóspitas ciudades, tan cómodas y prácticas, que nos apartan de nuestra esencia biológica. Lugares que nos obligan a recordar que somos animales; parte de la naturaleza de la que, por mucho que queramos apartarnos, siempre vuelve a recordarnos nuestra esencia: nuestra vulnerabilidad.

Eduardo Sáez Maldonado

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