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Bueno. Ya se ha quemado la sierra. ¿Y ahora qué hacemos?
Eduardo Saez Maldonado. 27.07.22 
"Repoblar los montes y poblar las inteligencias constituyen los dos ideales que debe perseguir España para fomentar la riqueza y alcanzar el respeto de las Naciones" (*)
Todos los que somos aficionados a la naturaleza, y solíamos deambular con cierta frecuencia por los densos pinares de la cara norte de la Sierra de Mijas (Jarapalos etc) hemos sufrido un golpe duro al ver cómo esos queridos montes han ardido por culpa de (al parecer por lo último que se va sabiendo) un delincuente. Sin embargo, que estos pinares iban a arder era algo evidente. Todos los que alguna vez habíamos caminado campo a través por el interior de los pinares saliendo de los caminos y habíamos visto la densidad que allí había sabíamos que, más pronto o más tarde, este incendio se iba a producir. ¿Y esto por qué? ¿Porque no se "limpian" los bosques como dice ahora todo el mundo? ¿Acaso estaban "sucios" los bosques?
A mediados del siglo XX hubo en España sucesivas campañas de reforestación de zonas muy degradadas que, siguiendo los cánones de la época, consistían en plantar especies de árboles de crecimiento rápido y muy pocos requerimientos hídricos y de suelo. Las especies más utilizadas fueron el pino carrasco ("Pinus halepensis") y el pino resinero ("P. pinaster") que son las que se han quemado fundamentalmente en este incendio de la Sierra de Mijas. Se plantaban con una densidad altísima (1.500 pies por hectárea, esto es, un pino cada dos o tres metros) con la idea de que generaran sombra al crecer y suelo al ir dejando caer la pinocha (un pino renueva completamente toda su masa foliar cada dos años). Esta preparación del suelo debía servir para facilitar el crecimiento de especies más "nobles" como encinas etc que fueran diversificando el bosque. Sin embargo, 50 años después, esto no ha ocurrido sino que nos encontramos con un densísimo pinar donde sólo hay pinos (y procesionaria, claro) sin sotobosque que, como esperábamos, ha acabado ardiendo pavorosamente. Algo hemos hecho mal.

Y es que, una vez hecha la inversión inicial de la plantación, y de acuerdo con lo que los Ingenieros de Montes nos indicaban, había que esperar 20 años a que los pinos tuvieran cierto porte para después empezar con las entresacas; esto es, ir cortando cada pocos años el 10% de los pinos y sacándolos del bosque clareando así el mismo. Este clareo permitía que, a la sombra del resto, aprovechándose del suelo vegetal ya formado y de la humedad retenida más alta, fueran medrando otras especies llamadas "nobles" (encinas, alcornoques, quejigos) de crecimiento mucho más lento y requerimientos más exigentes. Cada entresaca del 10%, ayudada con eventuales plantaciones dispersas de estas especies de quercíneas, iba diversificando el bosque en cuanto a especies vegetales, no sólo arbóreas sino también de sotobosque. Esto, a su vez, provocaba diversificación de fauna terminando el proceso, tras varias décadas, en un bosque muy parecido al autóctono potencial con sotobosque, gran biodiversidad, autosuficiente y mucho más resistente al fuego. Un bosque que, si es lo suficientemente diverso como para tener su propia fauna de herbívoros, no necesita gestión alguna más allá de la limpieza de las cunetas y áreas de seguridad en los márgenes de los caminos forestales para evitar que una colilla de un imbécil provoque un fuego.

Porque un bosque autóctono bien conservado no está sucio aunque tenga matorral (que llamamos "maleza" despectivamente o incluso "combustible" con nuestro ego antropocéntrico) bajo los árboles. Por el contrario el sotobosque es una parte tan importante como los árboles dentro del ecosistema aportando la necesaria biodiversidad vegetal que da cobijo a una variada fauna para conformar un ecosistema completo autosuficiente y de alto valor ecológico. La suciedad es un invento nacido del sedentarismo humano y, en especial, desde que nuestra civilización empezó a fabricar una de las grandes perversiones que nos persiguen implacables: los productos no biodegradables.

Esta segunda parte de gestión forestal de décadas de trabajos de aclarado, posterior a las plantaciones, es la que nunca se hizo. Por el contrario, se dejó estar el densísimo pinar que, cincuenta años después, con las temperaturas subiendo año a año y las lluvias disminuyendo cada vez más (como consecuencia del, también antrópico, calentamiento global) estaba condenado a ser pasto de las llamas.

Y ahora ¿qué hacemos? ¿salimos corriendo al bosque como locos a plantar cada uno lo que le de la gana y donde le de la gana?

Las técnicas de restauración ecológicas actuales difieren de las de hace medio siglo. Ya no sólo los ingenieros de montes sino también los biólogos y ambientólogos recomiendan recuperar ecosistemas autóctonos basándose en el conocimiento de la sucesión ecológica natural aunque acelerando el proceso. En el caso que nos ocupa, además, existen no pocas zonas dentro del área incendiada que no han ardido completamente, y no pocos árboles que, de momento, han resistido. Asimismo el suelo no se ha perdido completamente sino que el trabajo hecho por el pinar durante 50 años de generación de suelo vegetal sigue ahí en parte.

Todos estos aspectos deberán ser estudiados y evaluados con calma por técnicos y científicos que tendrán que decidir qué tipo de actuación deberá llevarse a cabo, en qué zonas y con qué especies arbustivas y/arbóreas con un claro objetivo que no debe ser, en ningún caso, recuperar la densa plantación de pinos de muy poca diversidad ecológica y propensa a arder. El objetivo es acelerar la recuperación del ecosistema autóctono mediterráneo de matorral y monte bajo, con bosques poco densos de árboles de diversas especies autóctonas (pinos, sí, pero también encinas, alcornoques, quejigos y algarrobos) y su vegetación de sotobosque asociada que mantengan una fauna diversa desde pequeños invertebrados hasta grandes herbívoros como cabra montés y corzo (por lo demás ya presentes en la sierra) de forma que sea lo más autosuficiente posible. Los grandes carnívoros que culminan las cadenas tróficas y controlan naturalmente las poblaciones de herbívoros son mucho más difícil de implantar ya que las dimensiones de la Sierra y, sobre todo, su entorno tan urbanizado no lo permiten (se considera que una manada de lobos requiere un mínimo de 10.000 hectáreas para vivir, justo la superficie de la Sierra de Mijas), de momento.

Pero antes de todo esto tenemos que decidir si queremos mantener la Sierra de Mijas como una zona silvestre con poco impacto humano (como, en mi opinión, habría que ir haciendo con cada vez más zonas de nuestro castigado territorio) o, por el contrario, queremos ocuparla con una actividad económica como es el caso de las zonas que unen la Sierra Mijas con la Alpujata, zona esta mucho más humanizada, con actividad agrícola y ganadera integradas en el entorno. Esto, lógicamente, requeriría otro tipo de enfoque que primara la interacción blanda entre actividades humanas y el entorno ambiental en que se integraran.

En definitiva, tenemos que decidir si seguimos ocupando territorio con nuestra presión desarrollista desenfrenada como hemos hecho hasta ahora:

a.-Con explotaciones agrícolas y ganaderas intensivas, consumidoras de recursos (que no tenemos) muy contaminantes y eutrofizantes.

b.- Con explotaciones agrícolas no intensivas que retienen biodiversidad y con explotaciones ganaderas extensivas tipo dehesas (de alto valor ecológico) que además permiten ir promoviendo la recuperación de zonas rurales donde las actividades económicas tradicionales se mantengan integradas en el entorno ambiental.

c.- Esta segunda opción (b) debería integrar la preservación y recuperación de grandes extensiones excluidas de nuestra presión directa a modo de reservorios de biodiversidad pero muy interconectados (quizás a través de zonas de uso agrario) como he propuesto anteriormente para la Sierra de Mijas.

La protección de grandes zonas bajo figuras legales como Parque Natural (y ya hay una propuesta para Sierra Mijas/Alpujata muy adelantada) es una herramienta muy útil que permite abordar desde una perspectiva integral la gestión de un territorio que ha sufrido ya un impacto excesivo (presión urbanística y minera) y necesita una adecuada ordenación orientada desde los actuales conocimientos en ecología.

Nuestra antropocéntrica visión del entorno, por otra parte, nos hace despreciar al resto de seres vivos que comparten con nosotros el planeta (el único que tenemos) considerándolos como piezas de un engranaje al servicio de nuestros intereses sin otorgarles, ni siquiera globalmente considerados (Gaia), derecho alguno. Y esto, más allá de consideraciones morales que a nadie preocupan, puede acabar (y de hecho parece que ya ha empezado a hacerlo) volviéndose contra nosotros.

La evolución de los acontecimientos, la inminente escasez de recursos energéticos y materiales (que ya tenemos encima) generada por la desbocada presión de nuestra irreflexiva civilización nos obligará, queramos o no, a frenar nuestro crecimiento suicida, en tanto que estamos ya llegando a los límites físicos planetarios, y nos obligarán a optar por alternativas como las esbozadas más arriba que ahora se ven como locas ideas de ignorantes ecologistas ilusos ("que quieren volver a las cavernas") y que proponen avanzar también en soberanía alimentaria y energética, pero que tendremos que adoptar más pronto que tarde si queremos evitar un colapso de nuestra civilización que tenemos ya a la vuelta de la esquina.

Empecemos por abordar la restauración de la Sierra de Mijas como tal (y no como una simple reforestación). Colaboremos con los especialistas y contribuyamos a que nuestro entorno mantenga, en la medida de lo posible, unos ecosistemas sanos y equilibrados.

Nuestro futuro, en gran medida, depende de ello.

(*)   Santiago Ramón y Cajal, 1921

Eduardo Sáez Maldonado
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