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"Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz" (1)
Eduardo Saez Maldonado. 16.04.22 
La Semana Santa en Andalucía es vivida con gran intensidad por una parte importante de la población. Las multitudinarias e impresionantes procesiones ocupan y condicionan absolutamente la vida diaria de los centros de las ciudades y los pueblos de la región, atrayendo a gran cantidad de turistas que observan con asombro tan espectaculares acontecimientos. Suele aparecer también estos días, recurrentemente, el debate de las motivaciones que llevan a la gente, no siempre creyente, a involucrarse absolutamente en estos ritos. Y es que los Nazarenos y los portadores de tronos no son necesariamente católicos. A veces son incluso ateos lo que dificulta aún más la comprensión de este interesante fenómeno para los que no lo conocen en profundidad. Veamos.
Yo me crié en un ambiente completamente ortodoxo en cuanto a la religión católica e incluso, por circunstancias familiares, anduve de vez en cuando por la sacristía de la Iglesia de la Victoria de Málaga. Quiero decir que conozco en profundidad todos los ritos del catolicismo más clásico y participé de ellos durante mucho tiempo. Con escasamente 18 años empecé a sacar el trono de la Virgen del Amor, de la Cofradía del Rico, que sale el Miércoles Santo en Málaga, cosa que hice durante muchos años durante los cuales mi percepción del catolicismo y mi "Fé" fue evolucionando a medida que estudiaba, leía, viajaba... me formaba. A estas alturas soy bastante descreído y creo que es muy poco probable que exista ningún "Dios". Sin embargo, me sigue emocionando el impresionante trono de la Soledad de Mena.

¿Por qué?

Quizá porque las emociones son bastante poco racionales y, por tanto, poco controlables y tienen mucho que ver con la percepción sensorial (la belleza y armonía de un enorme trono moviéndose majestuoso al compás de una emotiva marcha musical) enmarcada en un entorno cultural en el que nos sentimos a gusto por haberlo vivido desde niños.

A veces me he sentido incómodo explicándole a alguien ajeno a estas manifestaciones culturales (y conocedor de mi ateísmo reflexivo) los motivos por los que me sigue emocionando la Semana Santa. Y cómo es posible que fervorosos católicos y ateos compartan este sentimiento. Sin embargo es así. Es verdad que un creyente disfrutará más porque unirá a la emotiva experiencia folclórica y cultural (que está al alcance de cualquier ateo) una experiencia mística religiosa muy reconfortante para la mayoría de ellos, pero esta coexistencia existe: es así. Y creo que merece respeto.

Recuerdo de mis años de portador de trono las controversias entre los que se resistían a que los tronos fueran levantados "a pulso" como se había hecho tradicionalmente en Málaga (y como nos gustaba a la mayoría de nosotros) por parte de los más conservadores de la ortodoxia que entendían las procesiones exclusivamente como una manifestación religiosa pretendiendo despojara de excesos de "espectáculo" ignorando que la semana Santa, al menos en Málaga, siempre ha sido, más allá de la Fé, un gran espectáculo.

Y con los años, claro, uno se va liberando de prejuicios y compara este espectáculo tachado por los elegidos de fanatismo religioso propio de pueblos incultos, con otras manifestaciones que, vistas desde fuera y despojadas, por tanto, de su contexto cultural, también podrían parecer absurdas y hasta fanáticas pero que, sin embargo, son aceptadas y hasta ensalzadas por las mismas élites que critican la Semana Santa andaluza.

Y pienso en algo tan aparentemente absurdo como fabricar monigotes de cartón piedra para luego pegarles fuego en medio de ensordecedores tracas pirotécnicas como hacen en Valencia, o tirarse horas aporreando tambores en un desquiciante akelarre de ruido insoportable como hacen en Calanda, o jugarse la vida (literalmente) corriendo delante de toros excitados por el bullicio de miles de exaltados sin un motivo aparente como hacen en Pamplona....

Y todas estas respetables tradiciones culturales son vividas con entusiasmo y emoción por los lugareños en cuya esencia cultural están arraigadas.

Pero lo que más me llama la atención dentro de esta hipocresía supremacista cultural es el fútbol, donde es visto como lógico que 100.000 personas abarroten el Camp Nou para ver a dos equipos evolucionando según un rito tradicional que consiste, en última instancia, en ver quién mete más veces un balón entre tres palos y canten emocionados, como una sola garganta, el épico himno de "tots al camp" en un ritual que recuerda mucho a la religión. O que tras una histórica victoria del Madrid vayan miles y miles de personas, perdida toda capacidad de reflexión y raciocinio, a subirse como locos a la estatua de Cibeles y bañarse en su fuente para celebrar... para celebrar ¿qué?

Quizás para celebrar lo que todas las manifestaciones culturales de todos los rincones del planeta celebran: que estamos vivos y que nos gusta vivir y emocionarnos junto a nuestros seres queridos con lo que nuestras raíces culturales tradicionales nos han dejado, en lugar de matarnos los unos a los otros en guerras inútiles, en la misma guerra inútil que lleva repitiéndose una y otra vez, en todas las culturas, en todas las razas, en todas las civilizaciones, "tradicionalmente", desde los lejanos orígenes de nuestra incomprensible especie.

(1)   Versos del poeta andaluz Antonio Machado que fueron popularizados, sin embargo, por un catalán (Serrat) que quizá sí entendió la esencia cultural del fenómeno de la Semana Santa.

Eduardo Sáez Maldonado

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