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Belleza interior divina
Pedro Biedma. 22.02.20 
Indudablemente Eva a sus 28 años no se trataba precisamente de una mujer agraciada físicamente, más bien todo lo contrario.
Las humillaciones e insultos que recibía por parte del resto de los niños y las miradas descaradas que percibía de los adultos, le hicieron vivir una niñez y adolescencia que podía definir cómo un verdadero infierno.
Sus pequeños ojos se perdían en una inmensa cara redonda donde el mayor protagonismo se lo llevaba su perfilada nariz, para colmo su estatura se encontraba por debajo de la media considerada como estándar. Lo único que nunca le faltó fue el enorme amor que siempre le demostraron sus padres y hermanos, siempre mostrando numerosos gestos de cariño e intentando convencerla de que su belleza interior era un verdadero regalo divino.
Ella siempre agradeció estos impagables actos de afecto y apoyo aunque en el fondo no la reconfortaba y simplemente se limitaba a disimular para no defraudarlos.
A veces aún recordaba ingratos episodios en los que su familia, sobre todo su padre, sufrían en silencio, tras ser testigos de la crueldad gratuita del resto de críos hacia ella.
Cientos de veces, pudo oír a través de la puerta de su habitación, como su padre lloraba de impotencia igual que un niño pequeño, mientras su madre intentaba, en vano, consolarlo, para después realizar su aparición como si nada y animarla con cualquier tontería.
Solía disfrazarse con una nariz de payaso, la sentaba frente a él y realizaba unos juegos de malabares que nunca consiguió perfeccionar, entonces Eva reía por fuera, mientras que en lo más profundo de su ser, maldecía en silencio su suerte y la de sus seres queridos.
El tiempo fue pasando lentamente hasta convertirse en lo que hoy era, una mujer adulta, desconfiada y sobre todo infeliz.
Una larga y penosa enfermedad apartó de su vida a su querida madre, Eva apenas sobrepasaba las quince primaveras, con ella desapareció uno de los bastones que leayudaba a caminar por esta vida llena de obstáculos. Ahora vivía sola en un gran edificio antiguo en las afueras de la ciudad donde apenas cruzaba palabras con el resto de vecinos. David, su hermano menor vivía junto a su querido padre Juan, ellos la visitaban una o dos veces a la semana y Clara, su hermana mayor, se casó el año pasado y por motivos laborales fijó su residencia en otra ciudad bastante alejada de la suya, Córdoba. El contacto se limitaba a una llamada telefónica de vez en cuando.
El carácter forjado en su niñez, la convirtió en una mujer tímida, recelosa y retraída por lo que apenas labró amistad con nadie, excepto con Rosa, una mujer de unos treinta años y enfermera de profesión. Entre ellas existía mucha complicidad, Eva no sabía muy bien el motivo pero con Rosa se sentía muy segura y le podía expresar todos sus sentimientos sin temor a que se burlara de ella.
Por las noches, al meterse en la cama, los recuerdos acudían, en manada a su mente para atormentarla sin piedad hasta que el efecto sedante de las pastillas le permitía descansar y olvidar durante unas horas.
Un domingo, mientras paseaba por los jardines que adornaban el exterior de su edificio, tropezó con un joven que inmediatamente se disculpó.
Al verlo quedó impresionada con su belleza, y como si su timidez hubiese desaparecido de repente, le preguntó su nombre sin pensarlo dos veces, se llamaba Antonio, sin más Eva le preguntó sí le apetecía sentarse en un banco cercano y conversar un rato. Él accedió sin poner excusas. Parecía como sí una nueva Eva hubiese surgido de la nada, en un instante desapareció su carácter cohibido e introvertido, le miraba con cierto descaro, embelesada, se sentía muy segura con su presencia.
Antonio también se mostraba encantado y para nada se fijó en su aspecto físico, resultaba evidente la química existente entre los dos. Los rayos de sol se reflejaban en los ojos azules y brillantes de él, no podían evitar dejar de hablar, el tiempo transcurrió volando y llegó la hora de almorzar, Eva, más valiente que nunca, le invitó a subir a su casa pero Antonio, muy a su pesar, declinó la oferta.
Debía de marcharse pues tenía una cita con su hermano.
Él le preguntó sí podía volver a verla y ella encantada y sin dudarlo aceptó
—¿Mañana te parece bien?
—A la misma hora y en el mismo sitio.
Eva regresó a casa con una sensación que jamás había sentido, pensaba que debía ser lo más cercano a la felicidad, esperó con impaciencia la visita de Rosa, se moría de ganas de contarle lo sucedido esa mañana. Su amiga disimulaba con sonrisas estar dichosa por la noticia pero en el fondo no se lo acababa de creer. Por fin se reencontraron el lunes y a esa cita se añadieron muchas más, el amor y la felicidad invadían su corazón y se dibujaban en su rostro. Una tarde aprovechó la presencia de su padre y hermano para comunicarles que había encontrado a un hombre maravilloso y con el que salía desde
hacía algo más de dos meses, su hermano se mostró extrañado pero su padre no pudo contener la emoción y la abrazó con cariño mientras un par de lágrimas se escaparon de sus radiantes ojos grises, no recordaba la última vez que lloró de alegría.
Les siguió contando todas las virtudes que poseía Antonio y les invitó a conocerlo la próxima semana, así que quedaron en verse de nuevo el sábado por la tarde. El padre se sintió el hombre más dichoso de la Tierra, su hija había logrado lo que tanto se merecía, un hombre que la amase sin dar importancia a su físico.
Esa misma tarde recibió la llamada de Clara y no tardó un segundo en ponerla al día sobre Antonio, su hermana se mostró un poco incrédula, aunque fingió con maestría estar contenta.
La semana se hizo eterna para Eva y Juan, pero por fin era sábado por la tarde, ella los recibió en la puerta con una sonrisa de oreja a oreja y nerviosa ante la impresión que Antonio les causaría, Juan temblaba como un flan, tenía la boca seca y temía no encontrar las palabras adecuadas, David sin embargo no presentaba demasiado entusiasmo.
Llegó el momento y Eva hizo las correspondientes presentaciones, se sentaron y tomaron un café, todos hablaban entusiasmados menos su hermano que permaneció toda la tarde callado, se limitó a soltar alguna risa forzada. Al acabar la visita se despidieron con la idea de volver a encontrarse pronto, quizás la semana siguiente.
Mientras ambos abandonaban el edificio presidido por un cartel donde se podía leer “Hospital psiquiátrico Santa Ana”, Rosa la enfermera, observaba en silencio y con pena, como Eva hablaba y reía con su imaginario y querido Antonio en la habitación que ocupaba desde hacía 12 años. Se hallaba ingresada por un trastorno de distorsión de la
realidad causado por los traumas sufridos en la infancia y acentuado tras el fallecimiento de su querida madre.
Camino del coche David comentó a su todavía sonriente padre:
—¡Pobre hermana!, parece que su enfermedad va empeorando día a día.
Juan sin parecer haber prestado atención comentó:
—Pues a mí me ha encantado Antonio, hacen una buena pareja, ¿no crees?
David asintió con la cabeza, ayudó a su padre a subir y le dijo,
—No te preocupes papá, el sábado que viene volveremos.
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