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Maldito día de buena suerte
Pedro Biedma. 17.11.19 
23 de febrero, de 1.981, la mala suerte se despidió de Javier, un golpe de fortuna ocupó enseguida el espacio que esta ocupaba.
Experto y prestigioso profesional del mundo de las finanzas y con más de 20 años de experiencia en el sector, ejercía su labor en una importante empresa de ámbito nacional. Ese 23 de febrero, recibió la llamada del directivo de una sociedad cuya actividad era similar a la que le tenía contratado. En la misma, le citaron para mantener una reunión en la que le presentarían una importante oferta, tanto a nivel profesional como económico.
Agobiado por las deudas, accedió y se entrevistó con dos directivos de la “competencia”. Le ofrecieron una serie de promesas que resultaban difíciles de rechazar, mejor sueldo, menos carga de trabajo, un contrato estable y sobre todo, mantener e incluso aumentar su prestigio como profesional.
Debía responder en el plazo de cinco días.
Días en los que en su mente tuvo lugar una batalla sangrienta ente dos bandos de ideas, las primeras eran partidarias de continuar en su actual empresa, las segundas clamaban por el cambio.
El segundo bando se proclamó vencedor, conquistaron la totalidad de su intelecto y construyeron un castillo de ilusiones en él.
Lo más duro para Javier, sin dudas, fue el momento de la despedida de sus antiguos compañeros, y sobre todo, de su jefe, al que consideraba competente en el ámbito laboral y una de las mejores personas que había tenido el honor de conocer en los últimos años.

Algunas lágrimas brotaron de los ojos de Javier en aquel momento.

El 16 de marzo de 1.981 comenzó su andadura en la nueva empresa, las primeras sensaciones no resultaron positivas, auguraban un desenlace que no era el esperado por el incauto de Javier.
A los pocos meses, uno de los directivos con los que se reunió, abandonó la sociedad, durante ese espacio de tiempo, cruzaron algún saludo forzado, un par de veces, no más.
Poco a poco comprendió que las labores que iba a desarrollar, se hallaban muy lejos de las de un prestigioso cargo financiero, más bien eran funciones propias de un simple auxiliar administrativo, sin desprestigiar a este último.
Con el paso del tiempo, su reconocimiento, adquirido a lo largo de 20 años, se fue diluyendo y con él también desaparecía la autoconfianza por la que siempre destacó.
Diez de la mañana del 20 de junio de 1.982, Javier se halla frente al mostrador del Instituto Nacional de Empleo, entrega los papeles requeridos al funcionario de turno que le despide con la siguiente frase:
–En breve recibirá en su domicilio una carta con el importe y la duración de la prestación que le corresponde.
Javier, cabizbajo, agradece la información al empleado y se marcha camino a ningún sitio, conocedor de que a sus 52 años, nunca hallará un nuevo trabajo.

Pedro José Biedma Pineda  16-11-19
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