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¿A qué volver?
Jose Maria Barrionuevo Gil. 03.02.19 
Nos da la impresión de que ya todo el mundo está de vuelta. Al parecer, ya casi nadie soporta una carga tan pesada o una empresa  tan difícil como la del futuro. Para nosotros la política ha dado las espaldas a aquellos mantras que nos hablaban de “la lista más votada” o del “tripartito”. La historia próxima se teje de olvidos y se les antoja de antifuturo, precisamente ahora que tocaba reflexionar y no solo cambiar.
Ahora que todo está consumado para una temporada, porque nos hemos hartado de consumir mantras que no argumentos, escenas desolada y desérticamente campestres que no ecológicas, con su ideología de género tan subliminal que había que analizar si entre los caballos había alguna yegua, y que el juego ha terminado y cada uno a su casa antes de que le pongan puertas al campo.
Ahora, o dentro de poco, nos podemos dar cuenta de que cambiar por cambiar era solo cambiar de sentido y no de dirección. La buena dirección no nos parece que sea el sentido contrario. Volver a las andadas que no por andar, a los privilegios que no a las leyes comunes, a las desigualdades que no a las diferencias, a las etiquetas que no a los contenidos... no es cambiar, es imitar casi mecánicamente lo que nos pasaba o lo que nos están preparando que nos tiene que pasar.
Nos llama la atención la vuelta a las tradiciones como si hubieran sido eternas y no tuvieran una fecha de fabricación y, por supuesto, una fecha de caducidad. Una vez puestos, podemos seguir la tradición de la ignorancia, que arranca de casi siempre y que podrá finalizar casi nunca. Sin embargo los humanos de hoy tenemos más recursos racionales que cualquier estructura cerrada de pensamiento, mejores conocimientos éticos que cualquier religión, mayores cualidades y calidades afectivas que cualquier imperio o nacionalismo.
    La puesta al día no tiene retroceso, ya que lo inmediato al día no es más que alguna noche. La noche de los tiempos nos dejó bastante descansados como para no dormirnos con la nueva luz del día. Sin embargo, henos aquí casi obligados a mirar para atrás  y sin espejo retrovisor, abandonando la mirada al futuro, que por su abandono precisamente se nos vuelve peligrosa, además de irresponsable. Cualquier distracción puede facilitar que nos estrellemos.
    Volviendo atrás, nos acordamos de que, en nuestra infancia, estábamos preparados para aquellos años y nos avisábamos con un “queu, queu, vieho”, cuando avistábamos a un “perrilla” (policía municipal, en aquellos tiempos) o cuando se aproximaba un “medio huevo” (guardia de tráfico de ciudad, entonces, que llevaba un casco blanco). En aquellas calles malagueñas, podíamos perder hasta la pelota de trapo o la fabricada con papel y cuerdas, si nos las pillaba la poli.
    Hoy la política también ha vuelto a la niñez histórica, cuando de tanto volver atrás, haya peligro o no, se hacen aspavientos del peligro que nos pueden suponer los demás o, más en concreto, los otros. El miedo, más mediatizado por unos que por otros, ha insuflado el discurso político y lo ha alzado a niveles apocalípticos nunca imaginados. Los mantras engañosos del “queu, queu, vieho” actual mueven ya por reflejo al personal, sin que este quiera dar tiempo a la comprobación, porque el mandato es el único que se puede arrogar la confianza y el seguidismo.
    No sabemos si tendremos muchas ocasiones para equivocarnos, para no analizar los hechos y dejarnos llevar solamente por las palabras de los doctos, aunque algunos sean nada más y ¡nada menos! que doctorandos, que se constituyen como mandatarios del imperativo social.
    El día de las elecciones andaluzas, por la tarde, por la carretera de Las Pedrizas, bajaba y volvía una manta de coches que daba susto. Iban muy rápidos. Lo que no sabemos es si iban a aprovechar las “últimas luces del día” para acercarse a votar. La desafección por la política los había alejado de los colegios electorales y se habían dejado convocar mucho más por los afectos familiares, como para largarse a un día de campo con los suyos de verdad.
    El extrañamiento político ha dejado a muchas entrañas huérfanas, aunque el precio lo tengamos que pagar todos, porque ya está todo consumado. Hay lecciones que se pagan más caras que otras. ¿Y si después nos resulta a todos mucho más gravoso, a qué volver?
josemª  
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