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Empatía
Jacinto Martinez Anton. 26.11.18 
Hace unos días hablaba con una profesora de la escasa empatía de nuestros adolescentes. Si por empatía entendemos la frase clásica que la define como la capacidad de meternos en los zapatos del otro, de intentar entender los sentimientos y circunstancias del otro; en definitiva de interpretar los problemas, necesidades y demandas del otro, sin necesidad de que nos lo cuente; si esto es la empatía, nuestros jóvenes, no sólo los adolescentes sino algunas generaciones más, carecen de ella.
Podemos preguntarnos si tener empatía es bueno o malo. Las últimas generaciones la han abandonado, mientras que generaciones anteriores la reivindican.
¿Para qué sirve la empatía?. ¿Es útil?. La respuesta a estas preguntas puede explicar la diferencia entre estos dos grupos generacionales. Podemos aproximar empatía a cercanía emocional, a solidaridad, a afectividad, a amistad, incluso a compasión. Por el contrario podemos aproximar la falta de empatía a frialdad emocional, indiferencia, desdén, individualismo egocéntrico, indolencia, despego, o incluso a crueldad.
Vivimos en una sociedad carente o al menos pobre en valores, a juicio de muchos entre los que me encuentro; pero desde otro punto de vista, podría ser que está sociedad haya sustituido lo que tradicionalmente consideramos valores, por esos otros comportamientos que conforman la falta de empatía.

Probablemente en la sociedad del individualismo colectivo, en la que los grupos humanos se reúnen para comunicarse entre sí, o en paralelo con otras personas o grupos a través de artilugios tecnológicos, la empatía sea un elemento inútil ya que el contacto, que deja de ser humano en sentido amplio, se limita a mensajes de texto, adornados o no por imágenes transmitidas a través de redes sociales.

Para los habitantes de una sociedad que tiene no sólo cubiertas, sino colmadas, sus necesidades primarias, y también las secundarias y muchas de las terciarias, desde el nacimiento de sus integrantes, el contacto humano, la consideración del prójimo, el mirarse a los ojos, el abrazo o el apretón de manos, es algo perfectamente prescindible. Desde este punto de vista, la empatía parece un concepto tercermundista propio de sociedades primarias, poco avanzadas, o ancladas en el pasado.

A mí, que como a muchos otros, me ha tocado vivir la vertiginosa transformación tecnológica de nuestra sociedad, se me antoja que el avance en bienestar social que nos ha proporcionado, ha ido en paralelo al deterioro moral que se ha producido, acercándonos más al frío autómata que al cálido y acogedor ser humano que en el fondo, a veces muy en el fondo, todos llevamos todavía dentro.

Quizás podríamos, deberíamos, o necesitaríamos reflexionar sobre la forma de compaginar tecnología y empatía; tecnología y humanidad, que lejos de tener que ser elementos incompatibles o contrapuestos, podrían, deberían, necesitarían ser mutuamente enriquecedores y complementarios.
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