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Estado de Derecho o Estado de Confusión
Jacinto Martinez Anton. 25.03.18 
Decía en un artículo publicado en este periódico el 24/09/2017 que había que resucitar a Montesquieu. Vivimos en una sociedad en la que la Política, o más bien, la versión más degradada de la misma, dada a componendas, fraudes, robos y corrupción, ha cambiado su clásica y noble razón de ser, el servicio público, por la lucha por el poder y el mantenimiento de sus privilegios a cualquier precio.
En nuestro fuero interno, sentimos, deseamos ser tan iguales como nuestro vecino ante la ley; sin embargo admitimos, toleramos, consentimos, que los políticos interfieran en la acción de la justicia, intenten desprestigiarla, y lo que es peor intenten modularla y en ocasiones sojuzgarla.
En el ya tedioso “tema catalán”, cuando la justicia interviene, los políticos según sus intereses, incluso utilizando, usando de forma sectaria las instituciones públicas ( léase de todos los ciudadanos sin excepción), para tachar su actuación de intromisión e ingerencia en la política, cuando son ellos, en estos actos y declaraciones los que intentan de forma torticera poner palos a las ruedas del desarrollo de la justicia en la ejecución de las leyes que todos nos hemos dado.
En esta era política en la que el Sr. Guerra se jactó de “haber matado” a Montesquieu, y desde ese momento, los políticos cambiaron el servicio público por el culto sin límites del poder. Lamentablemente este hecho ha llevado, lo hemos vivido, a incumplimiento de leyes, de órdenes del Tribunal constitucional, entre otros, consentido y mantenido por toda la clase política sin excepción.
Como pueblo también hemos consentido que estas acciones se perpetúen y multipliquen, sin que hayamos hecho nada. También, por ello, y quizás con más culpa somos responsables, en tanto que mantenemos a los políticos que tenemos.
También es verdad que hemos consentido que los políticos encorseten nuestra capacidad de decisión que deberíamos tener, imponiéndonos una partitocracia cada vez más endogámica que nos dirige como títeres, útil ando, también de forma sectaria a los medios de comunicación, a través de los cuales nos envían mensajes que distorsionan la letra y el espíritu de nuestra Ley de leyes, la Construcción.
Nos intentan disuadir de que una supuesta solución política pasa incluso por ignorar la ley, perdonando, o haciendo inmunes al delito al político, por muy grave que sea, como si un delincuente dejara de serlo por el hecho de ser político. Esto en sí es una gran contradicción, toda vez que un político, por ser un representante público, debe tener una actitud ejemplar.
Últimamente estos políticos, me refiero ahora a los independetistas catalanes, apelan al corazón, a los sentimientos, refiriéndose a la situación familiar de los políticos presos. ¿Porqué no pensaron en sus familias antes de cometer el delito?. ¿Deben tener también sus familias más privilegios que las de cualquier ciudadano preso?. ¿Pensaron mientras cometían sus delitos en aquellas familias a las que privaban de trabajo, sanidad educación e incluso pan, con sus acciones?. ¿Vale todo por el hecho de estar en política?.
En fin en este maremagnum de mensajes “publicitarios” de políticos de uno y otro signo, de una justicia embutida en un entorno político y social que dificulta su acción y de un poder ejecutivo que no actúa con la contundencia debida, bien por no tener empuje, bien por no tener respaldo, bien por querer mantener el poder, nuestro Estado de derecho se nos muestra cómo un Estado de confusión, en el que muchos ciudadanos, entre los que me encuentro, no nos sentimos agosto.
Como decía, es imprescindible que resucitemos a Montesquieu, y que demos por finalizada esta etapa de tinieblas políticas.
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