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Tu diario. Libertad de expresion

Su opinión Patrocinadores Normas Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca 6 usuarios en línea • Sáb. 25 de Nov. de 2017

¿Tomamos un café? -Textos de vainas-
Mi último  bar

Cuentos y relatos globales. 01.10.17 
*No juzgues a nadie solo porque peca de forma diferente  que  tú, recuerda  que  hasta  el  diablo  es hijo  de  Dios. A “El Cafetal”, el  bar nuestro de cada  día.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Los años son malos, perversos,  infames, malvados, pérfidos,  canallas, infames,… y lo ponen a uno viejo y oliendo a viejo…son crueles y no  nos dejan esperanzas, no  nos dejan  llegar…y hoy, hoy  recuerdo mi último bar y el último beso travieso que allí  me diera  una puta más decente que una dama cachona, señora ama de casa…Dama, dama, de alta cuna, de baja cama, señora de su señor, amante  de  un vividor…como dijera la  fallecida  cantante española Cecilia.
En el  último  bar  en que estuve, vivía  Carlos Gardel. Lo  tenían colgado en una foto, dueño  de  unos  ojos  expresivos, de una sonrisa plácida y aplacible, de dientes  blancos perfectamente  parejos, sombrero  negro, de esmoquin presidencial y  haciéndole  mamola a la muerte que lo  mató en Medellín…¡Ah!... y  cantándonos “volver” en tono  de despedida, fatigada  la  guitarra en el  disco del  traga níquel… Era  inmortal en el wurlitzer atascado de monedas que lo  hacía  vivir, vivir y “volver  con la  frente  marchita”…
Yo  creo que cuando cerraban el  bar, Gardel se bajaba del  clavo y  se  iba a la cama a multiplicar gardelitos con todas las  putas de mi  último  bar…
Las putas  de mi  último  bar, eran el centro de todo. Albergaban unos  amores de necesidad y de apremios domésticos que  sólo  Dios sabía; y  eran los  malandrines a lo  Pedro  Navaja, sus  ángeles  custodios, quienes peleaban por  ellas en el  rebusque compartido de la misma dura  vida…y yo, proyecto de intelectual entonces, amigo de sus caderas, esperando que Gardel se  cansara y  Roberto Carlos cantara “un  gato en  la oscuridad”, cuando afuera la Luna era llena…
Mi último bar olía a María Farina de Roger Gallet (la fragancia masculina de la época de aroma perdurable), y  sus luces de neón  daban a ellas, a las practicantes del oficio más antiguo del mundo, caras con toques de reinas irreales de desconocida belleza y de desconocida historia aguardando en la misma mesa y hasta la vejez de la vejez al hombre que no llegó jamás…
Mi último  bar fue recinto de mil  voces; voces del piano, del tintineo de copas, del corcho ruidoso del espumoso  champan; del  barman  capaz de contar billetes  como  contaba en voz alta y  con los  ojos cerrado las botellas de la cuenta; voces echas risas…voces, voces al aire dirigidas a ningún oído.
Mi último bar encerraba miradas alentado a los cristianos con un amoroso guiño de ojos, así como en la oficina el jefe se los guiña a su secretaria que de minifalda muestra muchas cosas y concede muchas otras con agrado de paga… negocio lo uno y negocio lo otro; pecado lo uno pero virtud lo otro…
Mi último bar fue sitio de soledades, de soledades entre muchos que allí apagaron una pena, un pensamiento y una lágrima entre las palabras dolorosas de Sandro cantando “El Maniquí”…
 “Tan solo quedó al fin, el viejo maniquí/
donde probabas tú la seda y el chifón/
que llamo la atención de todo aquel que vio/
tu cuerpo de princesa, y ahora velo ahí, /
tirado en un rincón de aquel viejo desván, /
guardando la emoción de cosas que no están/
y vuelvo a recordar las horas de tibieza /”…
¡Cómo se envejece! ¡Cómo!...Y ninguna embriaguez tuvo final en él, en mi último bar…bajando por el reseco  gaznate la cerveza que un águila vieja vendía habiendo olvidado la carne y la carroña y que a pesar de lo vieja, como las mujeres de mi último bar, continuaba siendo sinigual y siempre igual…
…Mi último bar, sí, sitio en el que canté en coro con Leonardo…
“Ella, ella ya me olvidó/
yo, yo la recuerdo ahora/
era como la primavera/
su anochecido pelo/
su voz dormida al beso/”…
 Y Alci Acosta mordiendo la copa rota dejó escapar de su boca y de su alma sangre maleva en el instante en que Gardel, por un  instante  dejó de tanguear diciendo: “Tomo y obligo, mándese un trago, que hoy necesito el recuerdo matar”…
Mi último bar no fue sitio de  abolengos, un mismo corazón si estrato, enamorado o traicionado, nos lleva a él en el secreto del aguardiente y del vino, puente entre el dolor y la tristeza… caballeros de fina estampa sin caretas puestas, pecando en la bohemia pura  de los poemas de Plinio y de Neruda…aprendiendo para chulos en el desamor de una ciudad que de noche, quería ser París…
Ayer pasé por el sitio donde estuviera mi último bar…ya no existe; un almacén de ropa queda ahora allí y,  Gardel, Gardel de él con su sonrisa blanca igual que yo también  se fue porque… “…es un soplo la vida/ Que febril la mirada, errante en las sombras/ Te busca y te nombra/”…
Ya no hay brindis ni tintineo de copas ni voces ni luces de neón en mi último bar…Un recuerdo brumoso de la barra en que me sentara  como  tribuna, viene  a mí en la rencarnación de la misma tristeza, tristeza de Leonardo Fabio y mía cantando… “Ella, ella  ya me olvidó”… Y entonces giro la mirada y me doy con el embrujo de unos labios rojos que me amaban y me  mataban cuando Sandro así  cataba:
…“Tus labios de rubí /
de rojo carmesí/
presen murmurar/
mil cosas sin hablar/
y yo que estoy aquí /
sentado frente a ti/
me siento desangrar/
sin poder conversar/”…
Mi último bar con mujeres de minifalda a las que se les veía el alma, ya no existe…, de él se fueron las putas que santas ahora hacen novenarios a María Magdalena y le rezan en latín…
Desando uno a uno mis pasos por la misma calle buscando mi último bar y ya no está y enmudezco en las señales de otro tiempo sin música de bandoneón que se llevó a Gardel prometiéndonos “volver”…
Mi último bar, refugio fue  de decorosas mujeres de tacón vendedoras de placer, Magdalenas sin compañeros que hablaban por igual del costo de un polvo como del costo de la vida musitando canciones de Piero…
…“Y todos los días, y todos los días/
la gente laboraba, noche y día, /
todos los días, todos los días. /
Y todos los días, y todos los días/
los diarios publicaban porquerías, /
todos los días, todos los días.../”
Mi último bar murió, murió un lluvioso  amanecer con apariencia de plegaria en el silencio largo del último borracho que de allí saliera llorando y cantando  por dentro…
“Ella, ella ya me olvidó/
yo, yo la recuerdo ahora/
era como la primavera/
su anochecido pelo/
su voz dormida al beso/”…
Mi último bar murió, murió como mueren siempre los amores: de soledad y olvido…

Walter53pimienta@hotmail.com


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