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Tu diario. Libertad de expresion

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Tras la cola de Carla
Lydia Tapiero Eljarrat. 01.01.16 
La cola recogida, ningún pelo fuera, ni levantado. Todos alineados al milímetro. Nada se le escapaba a Carla, desde que se compró el pequeño espejo con lupa su cabeza podía pasar por una bola de billar y no importaba lo espesa de su cabellera. Su cabeza siempre brillaba negra y redonda.
Un día el espejo de Carla se rompió, ella miró al suelo, decenas de cristales le devolvieron una imagen deforme de ella misma. Se asustó y con las manos temblorosas intento recomponer el peinado, pero mirara al espejo que mirara, nunca conseguía verse completa. En ese momento la vida empezó a parecerle demasiado imprevisible, y con un gran esfuerzo por su parte salió mal peinada a la inseguridad de la calle, en busca de un espejo idéntico. El primer día se alejó dos manzanas, no se atrevió a más, cada mirada con la que se cruzaba, le devolvían a una Carla desconocida. Fue el tercer día, frente a una tienda de espejos, cuando un niño se paró junto a ella y el reflejo de ambos quedó atrapado tras el vidrio. Sin poder moverse, hipnotizada por la inocencia de unos ojos color miel, Carla se reconoció a si misma, completa y pura, encogiéndose hasta la altura del pequeño, con dos trenzas caobas que le llegaban a media espalda y un mechón revuelto detrás de la oreja. El tiempo la devolvía diez años atrás, simple y divertida. Que había cambiado tanto, quizá fue la muerte prematura de su padre, las noches de hambre en el pueblo, las ausencias de su madre, su nueva boda, la necesidad de ser aceptada por su nueva hermana, o quizá la ciudad que la obligaba a un orden.
Carla reaccionó cuando el niño salió del espejo y se fue dando saltos de rana hasta desaparecer tras una esquina. Estaban en otoño y no había un lugar mejor que el pueblo para cazar ranas, para mancharse de barro y sentirse tierra. Y ella necesitaba tanto sentirse tierra. Se fue a la estación y cogió el tren. El camino dejó atrás los tejados y se hizo campo, abrió la ventana estirando el brazo hacia los árboles rebosantes de olivas.
El tren paró y por unos instantes el aire quedó suspendido sin atreverse a entrar en su pecho,
hasta que sus tacones se incrustaron en la tierra húmeda, absorbiendo su esencia. Cada paso que daba pesaba más que el anterior. El olor a campo mojado la devolvió a sus raíces, sin pedir permiso. Carla divisó a lo lejos las puertas de metal, que se habrían y cerraban con el viento, el acero retumbaba en sus oídos. Era la llamada de su padre. Se descalzó y haciendo palanca contra su pierna rompió los tacones, vistiendo de otoño sus pantalones blancos. Aligeró sus pasos y las lágrimas brotaron a la misma velocidad, libres. Tenía solo diez años cuando enterró a su padre, fue la primera y última vez que visitó un cementerio, sin embargo reconoció el lugar como si hubiese sido ayer, y en realidad había sido ayer. Pero esta vez se atrevió a enfadarse con él 'me dejaste sola, me prometiste que tendríamos un hermano y un perro, pero me dejaste sola'. Carla se mesó la cara secándose las lágrimas que no paraban. Se arrancó la coleta con tanta fuerza que se llevó consigo algunos pelos y sintió a su padre en el viento mientras la melena se enredaba su cara, atreviéndose por primera vez a echarle de menos.

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